domingo, 15 de noviembre de 2015

Vidas ajenas

Tecleó de nuevo su nombre. Como había hecho tantos millones de veces en los últimos tres años. Y de nuevo apareció allí, en Instagram, con su café mañanero de domingo, con su flequillo rubio despeinado, sus uñas inmaculadas, su sonrisa de ortodoncia. La luz emanaba de alguno de los cristales de la cafetería, una luz otoñal de mediados de noviembre, un sol que palidece. Y ella estaba allí, después de trescientas poses, seguro. Un clic más allá las fotos de la cena de anoche. Pasta ripiena, un sitio cool perfectamente geolocalizado, nueva cita, dos copas de lambrusco, dos tenedores, de nuevo su sonrisa. 
 Avanzo algunas imágenes más allá, al parque del Retiro. Un camino enmarcado por el crujiente amarillo de las hojas caídas, y por las que se amontonan en el suelo, y de nuevo ella. Con una chaqueta larga, color rosa, deportivas y vaqueros, gafas de sol. 
Su centro de estética y su manicura impoluta.
Su gimnasio, sus mallas, su minitop y su cinturita de avispa.
Ella al volante, el sol como un eco de fondo.
El horizonte inspirador con alguna frase enlatada.
Mr. Wonderful.
Fue tarde de serie y mantitas. 

Marcó meticulosamente en su mapa la cafetería. Ya tenía suficiente.
CONTINUARÁ...

lunes, 9 de noviembre de 2015

Mi mochila

He titulado este texto 'Mi mochila' porque es una de esas experiencias vitales que siempre parece que no ocurren hasta que nos tocan en primera persona. Es mi mochila porque es algo con lo que voy a vivir durante mucho tiempo. La conciencia de un acontecimiento que lo cambia todo, que permanece como una cicatriz...

Esta vez el fundido a negro fue algo más.
Sentí todo aquello que había sentido otras veces- la debilidad, la falta de fuerzas, la ligereza del peso de mi cuerpo, la flaqueza de las piernas, el desmayo inevitable. Y sin embargo, esta no fue como aquellas otras veces. Pasaron dos y tres segundos, y mi cuerpo era incapaz de responder. Oía voces, el revuelo a mi alrededor, pero no sentía mi cuerpo, como si estuviera allí y no estuviera. Los ecos y murmullos reverberaban en una sala que era incapaz de ver, reconocer o incluso sentir.
Me repetía mentalmente que seguro que pronto iba a despertar, que todo iba a salir bien. Y procuraba respirar. Respirar hondo como nos enseñan que hagamos para relajarnos en momentos de pánico. Pero no era capaz de despertarme...
La reconstrucción de esta historia, desde fuera, es que perdí la conciencia y me desmayé. Los enfermeros me trasladaron a una camilla y perdí el pulso, perdí los signos vitales, tenía la tensión demasiado baja para ser baja. Y no eran capaces de reanimarme. Una deshidratación severa. Vómitos que no cesaban hasta la inconsciencia.
Fundido a negro. No sé cuánto tiempo estuve así, pero al menos fueron bastantes minutos. Tampoco recuerdo cómo lo hice. Sólo que en algún momento pensé que igual, quizás, podría no despertar. Y no pensé en el coma, como más tarde me explicaron que sería uno de los posibles estados ante un organismo incapaz de reavivarse. Pensé que quizás, me fundiría a negro para siempre. Y no sentí angustia. Por unos instantes pensé en esa transición hacia la muerte. Pensé que me encontraba en ese limbo de no vida y que quizás, flotaría hasta morir. No sé en qué momento abrí los ojos. Y recuerdo que vi esa luz, todo tan simbólico, y enseguida sentí el pinchazo agudo de las agujas quebrando mis venas sin éxito. Sin éxito una y otra vez. Podía sentir el suero resbalar por mi brazo. Las venas repeliendo. El sonido de la ambulancia para el hospital. El miedo. La conciencia de que a cualquiera de nosotros puede tocarnos... Ese fundido a negro.





lunes, 26 de octubre de 2015

Octubre

A veces, el tiempo pasa tan rápido que apenas nos da tiempo de maldecir la llegada del invierno. Las hojas del calendario bailan mientras avanzamos a un nuevo día, un día que se mueve rápido, de nuevo hacia cualquier lugar de ninguna parte.
Y pronto llegan los jerseys color vino y los paraguas, las mantas cubriendo pies fríos en el sofá, la oscuridad de las cinco de la tarde, las primeras lluvias de otoño. Y pronto llega el invierno, y de nuevo la primavera, y de nuevo el verano, y vuelve el otoño de nuevo.
No había advertido el paso de octubre. De octubre a ninguna parte. El olor a humedad y el crujir de las hojas caídas. La llegada de los primeros días fríos. 
Muchas veces me planteo la existencia de un no- tiempo. Un lugar donde no habitan los recuerdos porque vivimos un momento presente. Un momento presente en el que giran las estaciones pero no avanza el tiempo. Un momento que dura la eternidad, en el que nuestro ser se detiene en un letargo, en silencio, en el que llega de nuevo la noche y el día, tan diferentes y parecidos como el anterior. Otro amanecer. Otra caída de la noche en plena tarde. Otra mañana de lluvia en otro atasco. Y sin embargo, cada vez que volvemos, la casilla se resetea en el 'Start', como si cada día retrocediera a la casilla de salida. 
De la luz a la oscuridad, y saber que siempre, en algún lugar en alguna parte del mundo, brilla con fuerza el sol. 



jueves, 15 de octubre de 2015

Mochilas y hojas amarillas

Hace años que ya no llega la vuelta al cole. Caen de las hojas de los árboles, y el amarillo y marrón impregnan los escasos paisajes de parque en la ciudad. Empieza a llegar el frío. Ligeras corrientes de aire más fresco, chaquetas y cazadoras, mantas sobre los pies frente al televisor.
Los días empiezan a acortar. Y la noche se cierne sobre la ciudad como un fantasma, cada vez acechándonos más, de más cerca. Cada vez menos luz, más frío. Cada vez más lejos del solsticio, y más cerca. 
Cuando ya ha pasado septiembre, de nuevo llegan los gritos y voces que reverberan en las paredes, a la salida del colegio, con la mochila amarilla y el sándwich de nocilla en la mano. Un batido de frutas. Otra excursión al parque. Ahora clases de ballet. Ahora tocaré la trompeta. Ahora seré jugadora de hockey hierba. Ahora no quiero nada. 
Hace años que no llegan todas esas decisiones inocentes. Los octubres extraescolares. La vida después del cole. Los deberes. Los estiramientos. Los chándal para no coger frío tras sudar. 
Los niños ya no juegan fuera. O al menos no lo hacen como antes. No patean las hojas secas para abrirse paso. Ya no saben cuál es el olor del césped, ni cuándo se empieza a calentar la leche por las mañanas. 
Ahora sólo ven esa pequeña pantalla. La luz artificial que nunca se apaga. Sus dedos ágiles que se deslizan arriba y abajo. Ya no recuerdan si anochece o aún le queda. Ya no recuerdan el olor a hojas caídas, a hierba que se seca, a nostalgia del otoño. 


domingo, 4 de octubre de 2015

El bar Vicent

Nadie le esperaba ya en los bares. Pertenecía a un limbo desubicado en el que sus amigos ya habían dejado las discotecas, se habían casado, e incluso algunos, tenían hijos. Era ese limbo de los treinta, en el que ya poco y pocos quedaban de los de siempre.
Con esa sensación de desasosiego se dirigió al Vicent. Olía a tabaco desde aquellas primeras horas de la mañana. A tabaco y a café. A tabaco y a churros. Las mesas metálicas de la terraza estaban llenas. Un toldo de rayas blancas y azules protegía de los primeros rayos de sol.
Accedió a la barra. Teresa le atendió con la misma desgana de siempre.
-          Hola Fran. ¿Lo de siempre?
-          Si, Teresa. Dos raciones de churros para llevar. El azúcar en sobres aparte. Gracias.
Fran apartó la mirada de los inquisitivos ojos verde esmeralda de la mujer, enmarcados en una montura metálica que los amplificaba. Tenía el pelo lacio, rubio y canoso, que parecía deshacerse al apenas llegar a los hombros para recogerse en una pequeña coleta baja. Siempre mascaba chicle. Decía que mascaba chicle para que se le quitaran las ganas de comer, todo el día allí en el bar. En la comisura de sus labios se formaban algunas arrugas. Era brusca. Era brusca incluso cuando quería ser amable. Su amarga existencia era ya una costumbre en el bar Vicent. Su aliento a tabaco. Tabaco y café y tabaco y churros.

Fran recogió la bolsa de papel de churros y se dirigió al coche. Sobre las mesas de la terraza, las portadas de los diarios locales abrían con la foto del cuerpo sin vida de Alina en la playa. Su noticia.  

martes, 29 de septiembre de 2015

Café y cafeína

No entiendo a la gente que va a los Starbucks por la noche. Las luces se vuelven tenues, apagadas, y se sientan solos en una de las butacas. La luz del exterior los pone en un escaparate, y vemos a aquellas criaturas solitarias frente a su tazón de café. Se convierten en fantasmas cuyos pensamientos deambulan libres, en ese limbo entre el estar y el desvanecerse, esperando el siguiente chute de cafeína que los eleve de ese impersonal sillón verde Starbucks. A veces, fingen leer algún libro, otras veces trabajan en un portátil en silencio, aducidos por el rítmico teclear de sus dedos en el teclado. Otras veces simplemente están de tránsito. Esas esperas que hacen del día y de la noche lugares insospechadamente contiguos. 
El olor a café avainillado. Las miradas furtivas de los casuales paseantes nocturnos. El camarero que barre el suelo alrededor, La mujer que ha pedido dos sandwich para cenar. El azúcar. Ese incómodo silencio que encubre los murmullos, los cuchicheos de los camareros, que se preguntan, qué harán allí esas personas a esas horas. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

La nostalgia del final del verano

La nostalgia del final del verano es un atardecer en la playa. Finales de agosto, y el acecho del comienzo del curso escolar que se ciernen sobre el mar. En el cielo empieza a caer el sol hacia el agua, sobre un fondo celeste, y anaranjado, y rosa. La gente que camina por los paseos marítimos se convierte en un murmullo, un rumor, una sombra. Es demasiado pronto para volver ya. Pero el cielo no quiere alargar este sueño.
La nostalgia del final del verano es el zumbido de un Peter Pan que no duerme. La infancia y la vuelta a la escolarización básica, a ir pasando cursos, y las clases de matemáticas, inglés y lengua. La adolescencia y las clases de historia y biología, el volver al instituto en sepiembre y ver cómo han cambiado todos, a quién le ha crecido el pecho y quién tiene más granos en la cara. El verano después de la selectividad. Los días de no hacer nada, de disfrutar, de soñar con el futuro en la universidad. Los veranos de la universidad. El primero, siempre limpio y lleno de nuevas experiencias, de nuevos profesores, de nuevas personas, de nuevos amores. Y luego vendrán todos los demás. Los de los apuntes llenos de arena y la impaciencia, la resignación, las ganas de terminar y graduarse, de terminar esta etapa. 
Y de repente te das cuenta de que en todos ellos, llegaba este momento. En el que los días se acortan y los atardeceres amenazan con la llegada de otro septiembre, con unas cuántas ilusiones y expectativas. Y, poco a poco, vas sumando nuevos atardeceres desde distintas ciudades, con distintas personas. Nuevas experiencias vitales. Poco a poco, te das cuenta de que la nostalgia no eres tú, sino ese atardecer que resuena en ecos constantes, días más cortos, sueños más largos que avanzan, sin que podamos hacer nada por detener el tiempo.