jueves, 15 de octubre de 2015

Mochilas y hojas amarillas

Hace años que ya no llega la vuelta al cole. Caen de las hojas de los árboles, y el amarillo y marrón impregnan los escasos paisajes de parque en la ciudad. Empieza a llegar el frío. Ligeras corrientes de aire más fresco, chaquetas y cazadoras, mantas sobre los pies frente al televisor.
Los días empiezan a acortar. Y la noche se cierne sobre la ciudad como un fantasma, cada vez acechándonos más, de más cerca. Cada vez menos luz, más frío. Cada vez más lejos del solsticio, y más cerca. 
Cuando ya ha pasado septiembre, de nuevo llegan los gritos y voces que reverberan en las paredes, a la salida del colegio, con la mochila amarilla y el sándwich de nocilla en la mano. Un batido de frutas. Otra excursión al parque. Ahora clases de ballet. Ahora tocaré la trompeta. Ahora seré jugadora de hockey hierba. Ahora no quiero nada. 
Hace años que no llegan todas esas decisiones inocentes. Los octubres extraescolares. La vida después del cole. Los deberes. Los estiramientos. Los chándal para no coger frío tras sudar. 
Los niños ya no juegan fuera. O al menos no lo hacen como antes. No patean las hojas secas para abrirse paso. Ya no saben cuál es el olor del césped, ni cuándo se empieza a calentar la leche por las mañanas. 
Ahora sólo ven esa pequeña pantalla. La luz artificial que nunca se apaga. Sus dedos ágiles que se deslizan arriba y abajo. Ya no recuerdan si anochece o aún le queda. Ya no recuerdan el olor a hojas caídas, a hierba que se seca, a nostalgia del otoño. 


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