A veces, es difícil ser barrera. Contener las olas. Las mareas altas que vienen a arrollarnos. Pero el dique se mantiene, se enraíza más aún, agarrándose a la tierra con sus raíces de cemento. Con sus cimientos. Con toda la fuerza de lo que le ha costado construirse.
Huele a salitre y a humedad tras los naufragios de una
tormenta. El aire gélido arrulla antes de la llegada de la calma. Pero el dique
resiste. Firme. A la espera de un amanecer tras la tormenta. Porque siempre,
tras la oscuridad, nos ilumina y calienta el primer rayo de sol.

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