Tecleó de nuevo su nombre. Como había hecho tantos millones de veces en los últimos tres años. Y de nuevo apareció allí, en Instagram, con su café mañanero de domingo, con su flequillo rubio despeinado, sus uñas inmaculadas, su sonrisa de ortodoncia. La luz emanaba de alguno de los cristales de la cafetería, una luz otoñal de mediados de noviembre, un sol que palidece. Y ella estaba allí, después de trescientas poses, seguro. Un clic más allá las fotos de la cena de anoche. Pasta ripiena, un sitio cool perfectamente geolocalizado, nueva cita, dos copas de lambrusco, dos tenedores, de nuevo su sonrisa.
Avanzo algunas imágenes más allá, al parque del Retiro. Un camino enmarcado por el crujiente amarillo de las hojas caídas, y por las que se amontonan en el suelo, y de nuevo ella. Con una chaqueta larga, color rosa, deportivas y vaqueros, gafas de sol.
Su centro de estética y su manicura impoluta.
Su gimnasio, sus mallas, su minitop y su cinturita de avispa.
Ella al volante, el sol como un eco de fondo.
El horizonte inspirador con alguna frase enlatada.
Mr. Wonderful.
Fue tarde de serie y mantitas.
Marcó meticulosamente en su mapa la cafetería. Ya tenía suficiente.
CONTINUARÁ...
CONTINUARÁ...
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