Nadie le esperaba ya en los bares. Pertenecía a un
limbo desubicado en el que sus amigos ya habían dejado las discotecas, se
habían casado, e incluso algunos, tenían hijos. Era ese limbo de los treinta,
en el que ya poco y pocos quedaban de los de siempre.
Con
esa sensación de desasosiego se dirigió al Vicent. Olía a tabaco desde aquellas
primeras horas de la mañana. A tabaco y a café. A tabaco y a churros. Las mesas
metálicas de la terraza estaban llenas. Un toldo de rayas blancas y azules protegía
de los primeros rayos de sol.
Accedió
a la barra. Teresa le atendió con la misma desgana de siempre.
-
Hola Fran. ¿Lo de siempre?
-
Si, Teresa. Dos raciones de churros para
llevar. El azúcar en sobres aparte. Gracias.
Fran
apartó la mirada de los inquisitivos ojos verde esmeralda de la mujer, enmarcados
en una montura metálica que los amplificaba. Tenía el pelo lacio, rubio y canoso,
que parecía deshacerse al apenas llegar a los hombros para recogerse en una pequeña
coleta baja. Siempre mascaba chicle. Decía que mascaba chicle para que se le quitaran
las ganas de comer, todo el día allí en el bar. En la comisura de sus labios se
formaban algunas arrugas. Era brusca. Era brusca incluso cuando quería ser amable.
Su amarga existencia era ya una costumbre en el bar Vicent. Su aliento a tabaco.
Tabaco y café y tabaco y churros.
Fran
recogió la bolsa de papel de churros y se dirigió al coche. Sobre las mesas de la
terraza, las portadas de los diarios locales abrían con la foto del cuerpo sin vida
de Alina en la playa. Su noticia.
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