sábado, 20 de junio de 2015

Playa del Sardinero, Santander



Hay un lugar donde ya no se puede llegar más lejos. Donde las olas de intenso azul Atlántico chocan con violencia contra el artificio humano de hormigón que frena su asalto. A veces sube la marea con fuerza, intensa, contra las rocas y el malecón. Otras veces llegan olas mansas, azotadas por una brisa salada que recuerda que no se puede pasar más allá.
A veces el mar nos frena los pasos. La costa escarpada se eleva abriendo cabos en la costa, negándonos el paso. El mar se enfada y el viento huracanado nos recuerda que somos nosotros, contra los elementos. Las olas se enfurecen y nos retan: "cabálgame si puedes, osado". El viento nos reta a volar cometas. La arena se desplaza y se posa en nuestra piel.  
Hay un lugar en donde el azul se vuelve intenso. Donde los paisajes se cubren de un extraño tono grisáceo, donde las nubes aguardan la debilidad de un suspiro para descargar con fuerza mientras avanzan mar adentro.
Hay un lugar donde el tiempo se detiene. Aquí. 

lunes, 8 de junio de 2015

Píldoras para olvidar

Habían salido al patio. El sofocante calor del verano se apaciguaba con el silencio y la entrada de la noche. Alrededor todo era un inmenso campo en silencio, rodeado de la oscuridad y unas escasas farolas que acompañaban el desacompasado baile del viento fresco.
Antonia se solía sentar en la mecedora y balancearse, hasta lograr conciliar el sueño. Su nieta Lara se sentaba en un cojín, en el suelo del porche, a escuchar las historias de la Guerra.
A veces Antonia lloraba, por todos los que murieron, por la Memoria Histórica, por su padre, militar africanista. Otras se ponía muy contenta al recordar pequeñas cosas como el café de cafetera, su primer viaje en coche a Madrid y la puerta del Sol, las tiendas de telas de la calle Atocha, el chocolate con churros. 
Ulises a veces se despertaba y se unía a ellas, aunque Lara siempre le decía que aún era muy pequeño para las historias de la abuela Antonia, y entonces lo abrazaba muy fuerte, y ambos se volvían a la habitación en silencio.
Otras veces sólo estaban Lara y Antonia, y entonces Antonia le contaba a su nieta cosas más íntimas, como las noches que dejaba la finca para ir al señorío y la muerte de Alfonsito, el señorito que había sido el amor de su vida. Alfonsito, con los rasgos de un galán, con su torso fuerte y barba negra que estudiaba Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, y cómo Antonia le acompañaba en su estudio en su biblioteca privada. Él le susurraba al oído las leyes, como si fueran el objeto de una intimidad entre ambos, y ella mientras cosía con las telas que le había traído de Madrid. 
A veces Antonia se quedaba en silencio, contemplando el manto de estrellas en el cielo, y Lara la oía respirar intranquila.
-¿Qué te pasa, abuela?
- ¡Ay hija! Que una a veces querría no tener tantos recuerdos aquí en el pecho- y se acercaba las manos llenas de manchas por el sol a la boca y besaba su anillo- Tantos recuerdos que duelen...
- Abuela, pero son recuerdos felices.
- Lo son, pequeña Lara, pero hay algún momento en el que a los viejos deberían darnos la única pastilla que no nos dan: la del olvido. Esa pastilla que borrara todo el dolor del pasado, todo el llanto y toda la tristeza, y nos dejara seguir adelante. Que sólo nos dejara los recuerdos buenos, que nos dejara dormir por la noche sin esta pesadumbre, sin el cielo que se nos viene encima.

Lara entonces agarraba con fuerza la mano de la anciana, y podía ver cómo se resbalaban lágrimas en sus mejillas. 

-A veces lo pienso, hija, que por qué nunca inventarán píldoras para olvidar. 
 

viernes, 5 de junio de 2015

Enlace roto

Había vuelto a desaparecer. Aunque a eso Luis ya se había acostumbrado. A veces Paula se saturaba de las largas conversaciones nocturnas, de los horarios compartidos con su mujer, de las mentiras a medias. Y entonces desaparecía, en silencio, como sin querer dejar el rastro de una existencia demasiado banal o demasiado frágil. 
Entonces Luis volvía a hacer su vida cotidiana con Helena. Apuntaba cuando debía ir a recogerla al aeropuerto con un ramo de camelias, las fechas de sus conferencias, los sitios donde estaría firmando libros por la ciudad para acercarse a sorprenderla, las cafeterías que servían tortitas con sirope de dulce de leche. 
Y en todo ese tiempo, le daba el espacio necesario a Paula para dar toda la vuelta, salir de la sombra,  desenfadarse con él y maldecirse a sí misma, y volver a escribirle. 
A veces tardaba más semanas. A veces le escribía embriagada por el alcohol. A veces era de noche, y otras de madrugada, pero Paula siempre volvía. Si no, él procuraba el encuentro casual en la cafetería donde solía sentarse a trabajar, la invitaría a una cupcake rebosante de merengue, de tarta de zanahoria y con una figurita de conejo de azúcar en la cúspide y un café con hielo. Se sentaría y charlarían, y pronto todo volvería a estar como antes.
Pero esta vez Paula no volvió. 
El vuelo de Helena salía dirección a las Américas, y no regresaría hasta después de un par de semanas. Conferencias, asesorías y nuevas capitales latinas del emprendimiento y la innovación. Luis volvió a casa y marcó el número de Paula. Se arrepintió enseguida y miró su última conexión a WhatsApp: hacía diez minutos. 
Agarró su cazadora beige y bajó a la calle. Apresurado, sorteó el tráfico en las pequeñas calles de Malasaña para llegar a la cafetería de siempre, donde JuanMi y Julia le dieron los buenos días con una sonrisa. Cuando les preguntó por Paula, le dijeron que hoy ya se había tomado el café,  para llevar y que ya se había marchado, pero no supieron decirle a dónde. 
Luis salió del bar en una mezcla entre inquietud y desasosiego. ¿Y si no la volvía a encontrar? ¿Y si desaparecía para siempre? ¿Y si le había pasado algo?
¿Y si estaba con otro?



lunes, 1 de junio de 2015

Cuando la vida se funde a negro

- ¿Alguna vez has sentido como la vida, por un momento, se funde a negro? Como en esos finales de las películas clásicas, que de repente hay un corte final, un fundido a negro, un silencio, y luego suena la música y llegan los créditos.

A mi, a veces, la vida se me funde a negro, sin avisar, y parece como si fuera el final de otra película, o de la misma, que se entrecorta. 
A veces se funde a negro y escucho voces inconexas de personas, que se mueven a mi alrededor, que piden auxilio, un vaso de agua, un teléfono, o simplemente auxilio. 
Otras veces sólo son ecos de un dolor demasiado latente, un taladro en la sien, que no cesa, que no se cansa, todos esos sonidos inconexos de la calle, el silbido del pescadero, el murmullo de los bares, el olor a café y zumo de naranja por las mañanas. 
Es una sensación extraña, porque estás y no estás. Porque tu cuerpo pesa, por la gravedad, contra el suelo, y a la vez, tu espíritu y tu mente están volando hacia otra parte, hacia un lugar diferente. Sí, sientes volar, como si parte de ti hubiera perdido la noción del peso y ascendiera sin rumbo, flotando como un globo de helio hacia el cielo azul.
A veces la vida se funde a negro y no sé cuándo y cómo voy a despertar, a volver. Y hace tiempo que aprendí a vivir en ese estado. A disfrutar cada instante de los que puedo volar. 



martes, 19 de mayo de 2015

Todos los posibles finales

Siempre había imaginado todos los posibles finales. Aparecerías con un ramo de violetas en el aeropuerto. Algo improvisado y a la vez mimosamente decorado con papel de celofán azul celeste y un lazo rosa. Me esperarías inquieto. Mirando el móvil de vez en cuando, al compás de los pasajeros distraídos que arrastran sus maletas por el suelo de cualquier aeropuerto en cualquier lugar del mundo. Y yo llegaría despistada, arrastrando una maleta que pesaba de más, e intentando pasar desapercibida entre la gente. Entonces tú me encontrarías, vendrías hacia mi con el ramo y me detendrías, me besarías muy fuerte, y me abrazarías como si de un momento a otro fuera a desaparecer. Entonces yo seguiría mi camino, en silencio, arrastrando mi pesada maleta, y tú te quedarías allí, sin entender muy bien en qué momento de nuestras vidas tomamos diferentes destinos.  

Luego, a veces, me imaginaba finales catastróficos, todo el drama de cualquier telenovela: un accidente con el coche, una desafortunada pelea al salir de un puticlub, un hospital cualquiera, un coma que termina en una lenta y agónica muerte, el olor a la UVI, los pasillos que escuchan ajenos los pasos de los zuecos ortopédicos blancos de las enfermeras, los desgarradores llantos de impotencia, la desesperación de los familiares rotos, la agonía de la espera impasible a la llegada de un nuevo día. 

 Y otras veces imaginaba una batalla final, discusiones y gritos, su ropa volando por los aires, platos rotos contra el suelo, un portazo con la rabia de un "me voy", un "no vuelvas", un "ya no te quiero". Silencio. 

 Pero las cosas nunca terminan como mi mente imaginó. El silencio lo rompía el murmullo de las conversaciones de fondo, ajenas a las dos velas que alumbraban la mesa con mantel de cuadros rojos de Vichy de una trattoria italiana frente al mar. Nunca fue el lugar más idóneo para una despedida. Tampoco lo fueron el olor a horno de leña o el susurro de la brisa marina, el vacío. Tampoco lo fueron las sonrisas cómplices. Despedidas en silencio, despedidas que no sonaban a despedidas. Dos caminos que se alejan, se desdibujan hacia horizontes infinitos. 

Dos horizontes irreconciliables, el silencio y todas las cosas que nunca dijimos, los silencios detrás de todo aquello que nos hizo tan tristes, tan malditamente miserables. Las velas sobre el mantel. No se extinguen. Y siempre queda ese recuerdo, esa absurda manera de no tener nunca las palabras exactas para decir 'Adiós'. 


lunes, 18 de mayo de 2015

Sombras

Olía a una mezcla de olor a jazmín y hierba cortada, 
mientras camino cuesta abajo por el sendero que lleva a la playa.
Bebías vino y no te importaban las luces del atardecer de aquel verano
Seguías mis huellas por la orilla, marcando el paso, haciéndome correr
Y yo me preguntaba que cuándo, que dónde y que por qué nos perdimos
entre heridas demasiado recientes y besos robados
refugiados entre sábanas blancas y persianas bajadas.

Fumabas a escondidas
y siempre me decías que era el último paquete aquel que guardabas en la guantera del coche.
Sonaba 'I want to break free' de Queen en la radio
y tú jugueteabas a fundir tu sudor con el mío.

Recuerdos borrosos, momentos felices.
Sentimientos olvidados de un pasado que fue, el eco de una sombra, un absurdo verano en el Mediterráneo.

sábado, 7 de marzo de 2015

Un recuerdo

Un recuerdo es una memoria que se resiste a ser borrada con el paso del tiempo.
Un recuerdo se nubla, se intensifica, queda latente y vuelve.
Un recuerdo vuela, para colarse en recónditos lugares
en momentos inesperados
en el tiempo.

Un recuerdo no entiende el paso del tiempo.
A veces lo capturan
en esas instantáneas
que nunca permutan.
A veces,
se lo lleva el viento
y sólo quedan los susurros toscos construidos en mi cuerpo.

Un recuerdo es caprichoso
viene a colarse entre la luz de las velas
en los más inoportunos momentos.

Un recuerdo...
Un recuerdo es una memoria que se resiste a ser borrada con el paso del tiempo.