lunes, 8 de junio de 2015

Píldoras para olvidar

Habían salido al patio. El sofocante calor del verano se apaciguaba con el silencio y la entrada de la noche. Alrededor todo era un inmenso campo en silencio, rodeado de la oscuridad y unas escasas farolas que acompañaban el desacompasado baile del viento fresco.
Antonia se solía sentar en la mecedora y balancearse, hasta lograr conciliar el sueño. Su nieta Lara se sentaba en un cojín, en el suelo del porche, a escuchar las historias de la Guerra.
A veces Antonia lloraba, por todos los que murieron, por la Memoria Histórica, por su padre, militar africanista. Otras se ponía muy contenta al recordar pequeñas cosas como el café de cafetera, su primer viaje en coche a Madrid y la puerta del Sol, las tiendas de telas de la calle Atocha, el chocolate con churros. 
Ulises a veces se despertaba y se unía a ellas, aunque Lara siempre le decía que aún era muy pequeño para las historias de la abuela Antonia, y entonces lo abrazaba muy fuerte, y ambos se volvían a la habitación en silencio.
Otras veces sólo estaban Lara y Antonia, y entonces Antonia le contaba a su nieta cosas más íntimas, como las noches que dejaba la finca para ir al señorío y la muerte de Alfonsito, el señorito que había sido el amor de su vida. Alfonsito, con los rasgos de un galán, con su torso fuerte y barba negra que estudiaba Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, y cómo Antonia le acompañaba en su estudio en su biblioteca privada. Él le susurraba al oído las leyes, como si fueran el objeto de una intimidad entre ambos, y ella mientras cosía con las telas que le había traído de Madrid. 
A veces Antonia se quedaba en silencio, contemplando el manto de estrellas en el cielo, y Lara la oía respirar intranquila.
-¿Qué te pasa, abuela?
- ¡Ay hija! Que una a veces querría no tener tantos recuerdos aquí en el pecho- y se acercaba las manos llenas de manchas por el sol a la boca y besaba su anillo- Tantos recuerdos que duelen...
- Abuela, pero son recuerdos felices.
- Lo son, pequeña Lara, pero hay algún momento en el que a los viejos deberían darnos la única pastilla que no nos dan: la del olvido. Esa pastilla que borrara todo el dolor del pasado, todo el llanto y toda la tristeza, y nos dejara seguir adelante. Que sólo nos dejara los recuerdos buenos, que nos dejara dormir por la noche sin esta pesadumbre, sin el cielo que se nos viene encima.

Lara entonces agarraba con fuerza la mano de la anciana, y podía ver cómo se resbalaban lágrimas en sus mejillas. 

-A veces lo pienso, hija, que por qué nunca inventarán píldoras para olvidar. 
 

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