miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sorbos de vino blanco

Se habían sentado el uno frente al otro, en la alargada mesa del salón. La decoración navideña abigarraba el espacio, la luz de una solitaria vela brillaba en el centro de la mesa, la flores de pascua, de intenso carmín, aguardaban inquietas a la puerta.
El anciano acercaba su mano temblorosa a la botella de vino blanco y se servía, con pulso dudoso, otra copa. Su mujer, presidiendo la mesa por el lado de enfrente, narraba historias cotidianas mientras se manchaba las manos con una revoltosa langosta. Reían, a ratos. Él la miraba con aquellos pequeños ojos, que ocultaban la rojez de una vena reventada, y se envolvía en recuerdos de toda una vida. Sus hijos, a ambos lados de la mesa, se embriagaban con viejos recuerdos....

Habían salido del colegio y los dos niños transitaban las calles estrechas antes de volver a casa. Una parada imprescindible en la plaza para comprar dos duros de chucherías y cromos. Otra para lanzar la peonza sobre los adoquines. Otra para mirar a la chica de las trenzas, que llevaba la falda de uniforme y unos calcetines hasta la rodilla y saltaba sola con una ligera comba. Sobraban las miradas cómplices. 

La croqueta se escapaba del tenedor, rodando traviesa. El anciano había dejado el suyo sobre el plato unos instantes. Las mujeres bebían, respiraban el aroma de la merluza al limón, se intercambiaban piropos. Faltaba la más pequeña.

El antiguo cine era un angar deshabitado. Las paredes de la nave se desconchaban de su antigua pintura granate, pero las luces de la proyección de la película alumbraban el frío y el silencio. Una vez más, se habían colado. Era la sesión menos concurrida y los chicos disfrutaban de las películas sin restricciones de edad, al salir del primer curso del instituto. La noche se cernía sobre el húmedo espacio mientras ellos seguían allí, apoyados contra los muros desgastados del viejo cine, sin relojes ni responsabilidades. 

Los rizos se hacían con las tenacillas. Eso ya había quedado claro. La farmacia seguiría arrendada hasta 2016. El mejor jamón era el de Salamanca. Aún no había presentado ningún novio formal. No había paga de Navidad. La gasolina había vuelto a subir. La calefacción también. Me he jubilado. Las pastillas, los análisis, la sal, el azúcar, ese último abrazo, dos sorbos más. Las doce.

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