Cuando entró a la casa percibió un espeluznante silencio. Todo estaba a oscuras, y la luz de las farolas de la calle alumbraban el suelo de parquet del salón que tanta calidez aportaba a la cotidianeidad. Colgó el abrigo a tientas, esperando que la luna, o el fugaz rastro de alguna estrella alumbraran un pasillo hasta el sofá. No había nadie. El silencio inundaba el vacío, y pudo revivir sus suaves palabras al oído, a escasos milímetros de la comisura de sus labios, pidiéndole que la llevara...
En la cocina tenía apilados los tuppers de la semana: las torrijas de la abuela, la tortilla de patata con cebolla, los filetes empanados, tres raciones de croquetas. No los guardaba en la nevera porque la temperatura ambiente era lo suficientemente fría. La nevera albergaba cuatro yogures, varias tranchettes de queso que resbalaban entre las baldas y una perita putrefacta.
Le atormentó una sombra, los destellos de los faros de un coche proyectados sobre el ventanal, un recuerdo de cristales rotos. A veces, se le aparecía en sueños. El olor de su perfume había quedado impregnado en la almohada, sus rizos rebeldes, sus pestañas infinitas.
Cogió el plato y se dirigió al salón, descalzo, sigiloso, con cautela. Encendió la lámpara de pie, que ofrecía una luz menos violenta para esas horas de la noche. Se sentó y nada más hacerlo sintió una punzada de frío entre la suavidad de la tela. Pudo ver las primeras marcas en sus brazos, el sobrecargado esfuerzo de sus pulgares, por primera vez, marcados en su piel. Era bonita. Ella, su piel. Intentaba redirigirla del salón a la cocina, ella se negaba, la agarró. Y fue ese instante en el que empezaron los desgarros, las bofetadas incontroladas, las reconciliaciones con desayuno en la cama y los "nunca más" reiterados.
Primero fueron meses. Empezaron a verse menos, a quedar a cenar. Ella apenas se quedaba a dormir, ya no lo esperaba descalza tumbada en el sofá, leyendo cualquier revista mientras se le secaban las uñas de los pies, impolutas aún en el mes de diciembre. Brindaban con un Gran Reserva. Bailaban hasta que amanecía en aquel salón, hasta que el sol los abatía y los arrastraba hasta las sábanas.
No se puedo maquillar la sangre que le brotaba de la mandíbula. Había ocultado moratones de la cara antes, el maquillaje sin duda rentaba, pero esta vez ni siquiera el limón contenía la hemorragia. Él estaba perplejo, desorientado, apoyaba la cabeza sobre las manos, sentado al borde de la cama. Ella había vuelto a tumbarse, a echar la cabeza hacia atrás...
"Te quiero"
Pero las palabras rezumbaban en un laberinto mientras ella se marchaba, con su pequeña maleta, por el pasillo.
Cuando entró a la casa percibió un espeluznante silencio. Todo estaba a
oscuras, y la luz de las farolas de la calle alumbraban el suelo de
parquet del salón que tanta calidez aportaba a la cotidianeidad. Colgó
el abrigo a tientas, la llamó en un susurro. La luna se colaba por el ventanal y pudo ver el cuerpo empapado de salpicaduras de sangre, rodeado de cristales rotos.
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