sábado, 24 de noviembre de 2012

Mandarinas y otras distracciones


Me sentía cómoda en ese otoño tan amarillo, en el que las hojas habían caído tardías a finales de noviembre. Las aceras estaban plagadas de un elegante manto de hojas humedecidas por la lluvia caprichosa, que caía lunes, jueves y domingos. Apenas llovía una hora, pero era suficiente para que el pavimento se mantuviera siempre en una constante resbaladiza.
Se me empezaban a quedar las manos frías, como siempre que bajan las temperaturas, y buscaba una manera de enredar mis dedos en su mano, algo más grande, para protegernos del frío. Caminábamos por la Calle Mayor entre un quizás y el desacompasado caminar de mis caderas, tan pegadas a su cuerpo. Él sonreía. Me miraba a los ojos y pude entrever alguna de las razones que una vez me llevaron a sus labios.
El bar era un pasillo de pequeñas luces de colores. Sin velas, pero suficientemente acogedor como para no perdernos en desconexiones ajenas. No sé si era yo, o parecía que todo empezaba a verse con más claridad. O quizás no, estratega. Me senté sobre su muslo derecho y me abracé, intentando contener las lágrimas. Tenía demasiadas ganas de llorar, había estado demasiado perdida, y él demasiado ausente. "No pienses, no llores, no ahora".
Reviví el olor de su cuerpo, el tacto de sus caricias que, por esta vez, no se enredaban en mi pelo. Mis dedos, entre tanto, se entretenían pelando y desgajando una mandarina que repartía entre su boca y la mía. Despacito, que no quería que soltara mi cuerpo. No recuerdo que se encendió en él. Me besó, entre gajo de mandarina y risas. En ese instante nos volvimos impermeables al tiempo, a los quizás, a los silencios.
 

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