Madrid se colaba entre edificios. Sol y sombra. El murmullo incesante de la gente: la conversación coloquial de extranjeros, dos mujeres que muerden un trozo de pizza, alguien habla apresurado por un móvil. Cuatro terrazas en Huertas y reuniones de amigos, dos conocidos que se dan la mano, hombres escondidos bajo el traje, veintiocho grados.
Nunca necesité actores: la vida misma pone personas en lugares, palabras en situaciones. Por eso siempre me gusta andar sin guiones, sin restricciones. De repente atraviesa un sol cegador las fachadas y caminamos ciegos: las personas se convierten en siluetas que se aproximan, se desplazan, se tocan. Dura algo más que un instante, pero el suficiente para que lo efímero se convierta en belleza, y que una tarde aún de verano se tiña de amarillo-septiembre.
Hay ciudades que tienen poesía, y hay ojos que saben encontrar la poesía. En este caso, diría que coinciden los dos =)
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