domingo, 5 de abril de 2020
Diario de Pandemia (COVID-19): I
21.
Entra un rayo de sol
Un balazo directo
Al hipotálamo.
Un chute
de energía
Con el que vibran los colores de la alfombra.
Huelen a curry sus manos, gorditas
En una expedición por las especias de la cocina trajo eso.
Huelen a café las mías,
Porque los días,
empiezan a alargarse demasiado.
7.
¡El unicornio sabe volar, mamá! Míralo, lo tiro, y vuela.
Es un breve instante de tiempo, entre sus manos y las mías.
Pero es esa complicidad que sólo un bebé de 1 año sabe transmitirte.
Yo lo tiro, y vuela a ti. Lo entiendes. Tú lo tiras de vuelta hacia mi, y me sonríes.
El unicornio sabe volar.
9.
Hoy he vuelto a llorar. Ya no me caben tanto sentimientos: angustia, claustrofobia, estrés y no llegar, no parar, incertidumbre. Así que los he roto fuerte. Los he exprimido en un cóctel de lágrimas. Y es una copa con la que brindo por mañana.
25.
- Mamá, ¿somos gente triste?
-No, cielo, ¿por qué?
- Porque no tenemos rosquillas.
1.
Retumban las palabras del televisor. Suena a miedo, a incertidumbre, a barco naufragando, a miedo, a impotencia, a qué haré yo, a cuándo cómo dónde y por qué.
Una imagen desde Urgencias.
Un relato de desesperanza.
2.
Sólo hay un lugar: mi hogar son ellos.
20.
Es de noche. Otra mañana más. Un día más, uno menos.
Enciendo el ordenador. Enciendo la cafetera. Corto la naranja en dos.
Enciendo la cabeza, apago el corazón.
Enciendo los datos, apago la esperanza.
¿Dónde está el botón para apagar esta pesadilla?
miércoles, 26 de febrero de 2020
¿qué te gustaría tener cuando vayas a morir?
Esa pregunta lleva rondando mi cabeza desde el trágico accidente de avioneta que se llevó a Kobe Bryant, jugador de la NBA, de 42 años.
Reflexiono, y pienso que no tenemos miedo a morir. Realmente no, no es eso, es miedo al dolor. Miedo a irnos de este mundo de una manera agónica: morir asfixiados, ahogados, en un accidente de tráfico mortal desangrados. Al dolor infinito, insoportable, incomparable.
Miedo a cerrar los ojos no. Miedo a dejar este mundo, tampoco. Algún día lo haremos todos al fin y al cabo...
Vaya reflexiones, ¿no?
Mi mente práctica enseguida pensó, vale, si no es miedo a morir sino al dolor, ¿qué puedo hacer para paliar el dolor? ¿qué podría hacer Kobe Bryant, multimillonario, para haber podido morir sin sufrimiento?
Inmediatamente pienso: morfina.
Lo que me gustaría tener cuando vaya a morir es morfina. Inyectarla y cerrar los ojos para emprender el viaje y flotar, hacia donde quiera llevarme el alma, volando libre.
Porque mi cuerpo es sólo un anclaje temporal en el que habito.
Porque cuando llegue mi momento, sólo querría tener un final sin dolor, sin agonía, sin sufrimiento.
Cerrar los ojos y sólo volar. Volar muy lejos a algún lugar de brisa marina y casitas blancas.
Volar y sentir que todas las personas a las que quiero están conmigo, porque soy alma y espíritu, soy emociones, soy etérea.
miércoles, 5 de febrero de 2020
La vida como mejor guión: cenas navideñas infantiles
Eran las 8 de la tarde. Las luces del árbol ya estaban encendidas, y los pastores estaban yendo al portal de Belén, tal y como ella los había colocado. Habían pasado el río azul añil, porque en su casa no era como el río del cole, que era un río hecho de papel de plata. En su casa el río era azul, y con piedrecitas.
Papá y Mamá ya habían puesto la mesa. Sin el mantel de Mickey Mouse, porque ese era sólo para los cumpleaños. El suyo, y el de Adrián. El mantel era rojo sin dibujos, sobrio, aburrido.
Era de noche.
Pero el timbre no sonaba
- Mami, ¿puedo comer turrón ya?
- No, cariño. El turrón y el chocolate son de postre. Después de la cena.
- ¿Y cuando es la cena?
-Cuando llegue la tía
- ¿Y cuando llega la tía?
El timbre interrumpió su conversación.
Pero el timbre no sonaba
- Mami, ¿puedo comer turrón ya?
- No, cariño. El turrón y el chocolate son de postre. Después de la cena.
- ¿Y cuando es la cena?
-Cuando llegue la tía
- ¿Y cuando llega la tía?
El timbre interrumpió su conversación.
Mamá guardó la bandeja de navidad en el estante. Los bombones dorados culminaban el lecho de ladrillos de turrón y chocolate. Los polvorones se asentaban sobre el lecho de dulces, envueltos minuciosamente en envases individuales.
Entraba aire frío de la calle. Adrián ya había ido a la puerta a recibir. Adrián y Papá. Pero ella no quería. No quería que le dijeran que se hacía mayor, porque cinco años ya eran demasiado. Arrastró a su muñeca de la pierna y apartó la cara a los besos, quitándose el pelo de la cara con los deditos.
Papá ponía los platos en la mesa. Los langostinos la miraban con sus ojos saltones. Y había verdura. Verdura. Puaj. Mamá decía que hay que comportarse en la mesa y comer y Papá les preparaba la comida en trocitos en sus platos.
Entraba aire frío de la calle. Adrián ya había ido a la puerta a recibir. Adrián y Papá. Pero ella no quería. No quería que le dijeran que se hacía mayor, porque cinco años ya eran demasiado. Arrastró a su muñeca de la pierna y apartó la cara a los besos, quitándose el pelo de la cara con los deditos.
Papá ponía los platos en la mesa. Los langostinos la miraban con sus ojos saltones. Y había verdura. Verdura. Puaj. Mamá decía que hay que comportarse en la mesa y comer y Papá les preparaba la comida en trocitos en sus platos.
- ¿Puedo comer turrón ya?
Las conversaciones seguían ajenas a la dulce demanda de Sonia, que se dejó deslizar frente al televisor. Conversaciones banales, chicas que bailan, purpurina, y sueño.
Decían que 2013 iba a ser un año de cambios, de salida de la crisis, de dinero y capital, de fútbol.
Miró de nuevo a los langostinos. La montaña había disminuido, pero seguían los ojos saltones mirándola, retándola. Se levantó. Al baño. Y a la despensa. Sabía perfectamente dónde guardaban papá y mamá los Conguitos. Nadie sospecharía de una bolsa de Conguitos en Navidad. Porque los Conguitos se pueden comer cualquier día, y además, después de Navidad nadie quiere Conguitos, ni chocolate, ni dulces.
Abrió la bolsa en la oscuridad del pasillo y comió el primero.
Y el segundo.
y el quinto.
Y el vigésimo.
Volvió a la mesa. Su hermano miraba las servilletas distraído, pinchaba huevo hilado y decía alguna frase, probablemente sin sentido para los adultos, pero que fingía prestar mucho interés porque la decía Adrián.
Miró a través de las copas. Las burbujas subían a la superficie, para, ligeramente, desvanecerse, como una pompa que explota.
-¡Ya llegan las uvas! ¡Preparados!
Papá fue a la cocina y trajo los boles. Doce. Unadostrescuatrodoce.
-Yo no quiero uvas, papá- dijo Adrián.
Sonia abrió los ojos muy abiertos.
-¿Lacasitos?
- Lacasitos está bien.
Los Lacasitos eran las uvas para los niños. Total, daba igual la suerte o no suerte. Aún quedaban unos días para abrir regalos.
Los Lacasitos venían en una bolsa de kilo, amarilla, y no olían a chocolate. El estruendo al abrirlos precedía al silencio posterior, sentados en el sofá su hermano y ella, en silencio, comiendo uno a uno los pequeños botones multicolor de chocolate.
Las copas burbujeaban en amarillo- champán- y el reloj de la Puerta del Sol daba las campanadas rotundo, solemne, tranquilo.
Metió su mano otra vez en la bolsa: blanco y morado. Rojo y naranja.
Sus dedos ya apenas atinaban a encontrar botones cuando los vio. Sobre la mesa, papá ya había dispuesto los bombones dorados, y mamá los estaba pelando, con sus uñas siempre cuidadas, con la manicura hecha.
Se acercó a la mesa.
- ¿Brindas, Sonia?
-Brindo
Y cogió un bombón. Su papel dorado era una invitación, un tesoro. Su sabor era explosivo. Mejor incluso que cualquier tableta o que el Kinder huevo. El primer mordisco siempre era glorioso, el relleno, avellana y chocolate con leche, deleitaba su paladar. El ligero cosquilleo de los trozos de avellana al fundirse en su lengua y su paladar hacia que el sabor inundara su boca. Glorioso.
Cogió otro. Mientras, Adrián se entretenía en deshacer las arrugas del envoltorio del bombón. Con sus ágiles dedos, desplegaba las cuatro esquinas. Con las uñas, alisaba la superficie una y otra vez, una y otra vez.
Chispeaba champán, rebosante de las copas delgadas con las que brindaban los mayores.
Le empezó a doler la tripa.
¡Feliz año! ¡Feliz 2013!
Papá encendió dos bengalas.
-¡Sonia! ¡Adrián! ¡Vamos! ¡ya es año nuevo!
de aquellos palos saltaban chispas. Fuego. ¡Fuego!
Sonia tiró su palito al suelo. El parquet prendió. Papá corriendo. Mamá corriendo. Adrián obnubilado mirando su bengala.
Papá apagó el fuego con una toalla.
Sonia vomitó chocolate.
Feliz 2013.
Las conversaciones seguían ajenas a la dulce demanda de Sonia, que se dejó deslizar frente al televisor. Conversaciones banales, chicas que bailan, purpurina, y sueño.
Decían que 2013 iba a ser un año de cambios, de salida de la crisis, de dinero y capital, de fútbol.
Miró de nuevo a los langostinos. La montaña había disminuido, pero seguían los ojos saltones mirándola, retándola. Se levantó. Al baño. Y a la despensa. Sabía perfectamente dónde guardaban papá y mamá los Conguitos. Nadie sospecharía de una bolsa de Conguitos en Navidad. Porque los Conguitos se pueden comer cualquier día, y además, después de Navidad nadie quiere Conguitos, ni chocolate, ni dulces.
Abrió la bolsa en la oscuridad del pasillo y comió el primero.
Y el segundo.
y el quinto.
Y el vigésimo.
Volvió a la mesa. Su hermano miraba las servilletas distraído, pinchaba huevo hilado y decía alguna frase, probablemente sin sentido para los adultos, pero que fingía prestar mucho interés porque la decía Adrián.
Miró a través de las copas. Las burbujas subían a la superficie, para, ligeramente, desvanecerse, como una pompa que explota.
-¡Ya llegan las uvas! ¡Preparados!
Papá fue a la cocina y trajo los boles. Doce. Unadostrescuatrodoce.
-Yo no quiero uvas, papá- dijo Adrián.
Sonia abrió los ojos muy abiertos.
-¿Lacasitos?
- Lacasitos está bien.
Los Lacasitos eran las uvas para los niños. Total, daba igual la suerte o no suerte. Aún quedaban unos días para abrir regalos.
Los Lacasitos venían en una bolsa de kilo, amarilla, y no olían a chocolate. El estruendo al abrirlos precedía al silencio posterior, sentados en el sofá su hermano y ella, en silencio, comiendo uno a uno los pequeños botones multicolor de chocolate.
Las copas burbujeaban en amarillo- champán- y el reloj de la Puerta del Sol daba las campanadas rotundo, solemne, tranquilo.
Metió su mano otra vez en la bolsa: blanco y morado. Rojo y naranja.
Sus dedos ya apenas atinaban a encontrar botones cuando los vio. Sobre la mesa, papá ya había dispuesto los bombones dorados, y mamá los estaba pelando, con sus uñas siempre cuidadas, con la manicura hecha.
Se acercó a la mesa.
- ¿Brindas, Sonia?
-Brindo
Y cogió un bombón. Su papel dorado era una invitación, un tesoro. Su sabor era explosivo. Mejor incluso que cualquier tableta o que el Kinder huevo. El primer mordisco siempre era glorioso, el relleno, avellana y chocolate con leche, deleitaba su paladar. El ligero cosquilleo de los trozos de avellana al fundirse en su lengua y su paladar hacia que el sabor inundara su boca. Glorioso.
Cogió otro. Mientras, Adrián se entretenía en deshacer las arrugas del envoltorio del bombón. Con sus ágiles dedos, desplegaba las cuatro esquinas. Con las uñas, alisaba la superficie una y otra vez, una y otra vez.
Chispeaba champán, rebosante de las copas delgadas con las que brindaban los mayores.
Le empezó a doler la tripa.
¡Feliz año! ¡Feliz 2013!
Papá encendió dos bengalas.
-¡Sonia! ¡Adrián! ¡Vamos! ¡ya es año nuevo!
de aquellos palos saltaban chispas. Fuego. ¡Fuego!
Sonia tiró su palito al suelo. El parquet prendió. Papá corriendo. Mamá corriendo. Adrián obnubilado mirando su bengala.
Papá apagó el fuego con una toalla.
Sonia vomitó chocolate.
Feliz 2013.
lunes, 6 de enero de 2020
Tenía el ojo morado.
Los
colores oscilaban entre el púrpura, el verde musgo y el negro alrededor de su
globo ocular. Una fina línea dibujaba el contorno superior del párpado, como
lineada perfectamente con un lápiz de ojos de fantasía.
Y estaba
allí, con la escoba y recogedor, rítmicamente recorriendo el portal del
edificio. El aire cálido atravesaba el portal de sur a norte, trayendo a veces
consigo el ruido de los coches, conversaciones distraídas de oficinistas que
salían a tomar café.
Se secó
el sudor de la frente con la mano. Ya no le dolía. O al menos la intensidad del
dolor había remitido de manera bastante significativa. O quizás era que ya se
había resignado a ese golpe. Sudaba a raudales, y la camisa blanca de algodón
empezaba a empaparse por la espalda.
-Buenos
días-
La voz
sonó por su espalda. Ya se había acostumbrado al tránsito silencioso de los
estudiantes que atravesaban- unos aún poco despiertos, otros quizás absortos
por su dispositivo móvil- el patio interior decorado con flores.
La
mujer lo miró. Lo miró sin apenas reparar en su ojo morado, en el sudor de su
cabeza.
- Buenos días- respondió, bajando la mirada, rehuyendo el contacto visual.
- Qué calor hace, ¿verdad?
Unas bolsas de plástico blancas, de supermercado, reposaron en el suelo, ocupando parte de su campo visual.
- Pues sí, mucho
Respondió sin levantar la vista de las escasas motas de polvo que quedaban por barrer.
Fingiría, en caso de que le preguntaran, fingiría que no había sido una pelea con su hermano. Fingiría que había sido una torpe caída, impropia de un señor de 52 años. Jamás admitiría la violencia, los gritos, la dominación, la sumisión, el monstruo desatado, entre hombres, entre hermanos. Porque en el fondo él siempre era el pequeño, el que se dejaba llevar, el que seguía la estela.
La escoba se había escapado de sus manos y seguía el ritmo del silencio. Le caían gotas de sudor de la frente. Los rayos de sol se colaban ya por el portón principal sin remedio. Era mediodía.
- Buenos días- respondió, bajando la mirada, rehuyendo el contacto visual.
- Qué calor hace, ¿verdad?
Unas bolsas de plástico blancas, de supermercado, reposaron en el suelo, ocupando parte de su campo visual.
- Pues sí, mucho
Respondió sin levantar la vista de las escasas motas de polvo que quedaban por barrer.
Fingiría, en caso de que le preguntaran, fingiría que no había sido una pelea con su hermano. Fingiría que había sido una torpe caída, impropia de un señor de 52 años. Jamás admitiría la violencia, los gritos, la dominación, la sumisión, el monstruo desatado, entre hombres, entre hermanos. Porque en el fondo él siempre era el pequeño, el que se dejaba llevar, el que seguía la estela.
La escoba se había escapado de sus manos y seguía el ritmo del silencio. Le caían gotas de sudor de la frente. Los rayos de sol se colaban ya por el portón principal sin remedio. Era mediodía.
jueves, 2 de enero de 2020
A casa por Navidad (2010)
Supongo que habrás leído los titulares. La nieve ha sido una constante en todo este mes de diciembre, y no pretende dar tregua a esta isla.
Gatwick está colapsado. Cada mañana, depende de lo cuajado que esté el hielo en las pistas para decidir si es posible reanudar los vuelos detenidos desde hace unos días.
Y hay gente que ha decidido no rendirse. Que ha acampado con sus pertenencias en algún lugar de este aeropuerto, abrazándose a sus maletas, aferrándose a bolsas marrones de papel del McDonald's, o a una botella de sidra. Hasta el próximo vuelo.
Había facturado la maleta, y los vuelos circulaban con cautelosa normalidad. Deslicé el móvil en el bolso, a la espera de embarcar. Llegamos a la puerta de embarque entre el ajetreo cuando empezó la tormenta. Al principio algunos pequeños copos, que después fueron densificándose. Una voz en off anunciaba la llegada de otra tormenta de nieve, y por consiguiente la suspensión de todos los vuelos. Ahora la avalancha era de personas, precipitándose hacia el mostrador que no les proporcionaba un billete de vuelta a casa.
Se produjo un griterío español. Patrio orgullo. Indignación. Que rompía el murmullo constante de la terminal más concurrida de Europa.
Internet era un arma de supervivencia individual. Si tu smartphone conectaba más tarde, pasarías otro vuelo en tierra, y eso si arriesgabas a elegir, confiando en el azaroso destino de la tormenta. La euforia del 21 de diciembre, las últimas plazas y las lágrimas se confundían con las conexiones inestables que confirmaban que otro asiento había sido reservado.
No había visto aún la
nieve, pero sabía que tenía que salir de allí. Atravesé aquel arcoíris para
culminar en tormenta. Porque a pesar de salir de la muchedumbre acalorada y
cansada que se mecía en las paredes destartaladas entre tienda Duty Free y
cafetería, aún no estaba a salvo. Por primera vez, empecé a sentir esa angustia
en el cuello del estómago, vomité y me sentí
mucho mejor después. La angustia había pasado, ahora solo tenía que coger el
tren y recapitular, recontar los días, deshacer las maletas, tirarme a llorar.
Y la banda magnética de la tarjeta no pasaba. No llevaba cash, y no había
ningún conocido o amigo por Gatwick a esas horas aún. No sé por qué tuve aquella
suerte, ni sé por qué lo hizo, pero un chico, estudiante Erasmus también, de
los que habían estado conmigo reclamando, se acercó y me dio diez libras “para
que puedas volver a casa”. En el mundo en que vivimos no recordaba lo que era
el altruismo, pero en sí tenía la clara imagen de lo que era la gratitud, y
entre lágrimas, abracé a aquel extraño, que sonrió al separarse de mí. No pidió
nada a cambio, más que que sonriera, que pudiera volver a mi casa en Londres.
No recordaba tanta nieve
junta desde las primeras tormentas. Y mientras pasaba aquel paisaje navideño,
me planteaba que igual no podría estar en Nochebuena en casa. Maldecía al
tiempo por haberme regalado aquel maravilloso día, porque justo hubiera
empezado a nevar a la hora de mi vuelo, por no haber cogido el avión un día
antes. Y así seguí mi camino de vuelta desde el tren a casa, con la nieve casi
por las rodillas, arrastrando el equipaje, hasta que por fin llegué a la incertidumbre del paisaje blanco, a la soledad de la Navidad en un país extranjero, al silencio.
El 23 de diciembre de 2009 por la noche, entre lluvias, volé desde Gatwick a Alicante.
El 23 de diciembre de 2009 por la noche, entre lluvias, volé desde Gatwick a Alicante.
martes, 11 de septiembre de 2018
El cielo a nuestros pies
Qué caprichoso ha llegado el otoño,
las lluvias nocturnas que irrumpen a través de las ventanas,
la noche cerrada al coger el metro
el fresco al compás de los pasos que buscan el cobijo de una boca de metro.
Caen las hojas de los árboles, contra el césped, cubriendo el suelo de un manto marrón crujiente.
Y sobre el cielo, las nubes se deslizan en una desacompasada danza.
La luz se cuela, arrojando matices de color sobre el color teja, entre los cristales, contra los blancos de las fachadas, a través de una copa.
Y entre tanto, los sueños vuelan, descuidados, desvelando la llegada de un otoño que nunca debería llegar a su fin.
miércoles, 5 de septiembre de 2018
Y de nuevo septiembre
El calor de agosto se resistía a dar tregua al otoño, pero había llegado septiembre.
Septiembre y el regreso a las rutinas cotidianas. El olor a libros nuevos y a goma de borrar Milan nata.
Septiembre es el amarillo, tostado, ámbar y marrón de las hojas secas, desvalidas, cayendo sobre una acera cualquiera, Madrid.
Septiembre pisando fuerte sobre zapatos nuevos, persiguiendo perros por los parques antes de la caída de un sol demasiado temprano.
Septiembre como ciclo. Como principio de cosas nuevas.
Septiembre con sueño, con prisas, con empujones en el metro.
Septiembre para volver.
A pensar en el interminable verano.
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