Supongo que habrás leído los titulares. La nieve ha sido una constante en todo este mes de diciembre, y no pretende dar tregua a esta isla.
Gatwick está colapsado. Cada mañana, depende de lo cuajado que esté el hielo en las pistas para decidir si es posible reanudar los vuelos detenidos desde hace unos días.
Y hay gente que ha decidido no rendirse. Que ha acampado con sus pertenencias en algún lugar de este aeropuerto, abrazándose a sus maletas, aferrándose a bolsas marrones de papel del McDonald's, o a una botella de sidra. Hasta el próximo vuelo.
Había facturado la maleta, y los vuelos circulaban con cautelosa normalidad. Deslicé el móvil en el bolso, a la espera de embarcar. Llegamos a la puerta de embarque entre el ajetreo cuando empezó la tormenta. Al principio algunos pequeños copos, que después fueron densificándose. Una voz en off anunciaba la llegada de otra tormenta de nieve, y por consiguiente la suspensión de todos los vuelos. Ahora la avalancha era de personas, precipitándose hacia el mostrador que no les proporcionaba un billete de vuelta a casa.
Se produjo un griterío español. Patrio orgullo. Indignación. Que rompía el murmullo constante de la terminal más concurrida de Europa.
Internet era un arma de supervivencia individual. Si tu smartphone conectaba más tarde, pasarías otro vuelo en tierra, y eso si arriesgabas a elegir, confiando en el azaroso destino de la tormenta. La euforia del 21 de diciembre, las últimas plazas y las lágrimas se confundían con las conexiones inestables que confirmaban que otro asiento había sido reservado.
No había visto aún la
nieve, pero sabía que tenía que salir de allí. Atravesé aquel arcoíris para
culminar en tormenta. Porque a pesar de salir de la muchedumbre acalorada y
cansada que se mecía en las paredes destartaladas entre tienda Duty Free y
cafetería, aún no estaba a salvo. Por primera vez, empecé a sentir esa angustia
en el cuello del estómago, vomité y me sentí
mucho mejor después. La angustia había pasado, ahora solo tenía que coger el
tren y recapitular, recontar los días, deshacer las maletas, tirarme a llorar.
Y la banda magnética de la tarjeta no pasaba. No llevaba cash, y no había
ningún conocido o amigo por Gatwick a esas horas aún. No sé por qué tuve aquella
suerte, ni sé por qué lo hizo, pero un chico, estudiante Erasmus también, de
los que habían estado conmigo reclamando, se acercó y me dio diez libras “para
que puedas volver a casa”. En el mundo en que vivimos no recordaba lo que era
el altruismo, pero en sí tenía la clara imagen de lo que era la gratitud, y
entre lágrimas, abracé a aquel extraño, que sonrió al separarse de mí. No pidió
nada a cambio, más que que sonriera, que pudiera volver a mi casa en Londres.
No recordaba tanta nieve
junta desde las primeras tormentas. Y mientras pasaba aquel paisaje navideño,
me planteaba que igual no podría estar en Nochebuena en casa. Maldecía al
tiempo por haberme regalado aquel maravilloso día, porque justo hubiera
empezado a nevar a la hora de mi vuelo, por no haber cogido el avión un día
antes. Y así seguí mi camino de vuelta desde el tren a casa, con la nieve casi
por las rodillas, arrastrando el equipaje, hasta que por fin llegué a la incertidumbre del paisaje blanco, a la soledad de la Navidad en un país extranjero, al silencio.
El 23 de diciembre de 2009 por la noche, entre lluvias, volé desde Gatwick a Alicante.
El 23 de diciembre de 2009 por la noche, entre lluvias, volé desde Gatwick a Alicante.

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