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viernes, 9 de octubre de 2020

De aviones y aeropuertos (I)

Aeropuerto de Atenas
Todo viaje que empieza en un aeropuerto incluye la adrenalina del vuelo, el trajín del tránsito, las maletas deslizando sus ruedas como pequeñas skaters por pasillos de mármol infinitos por las cintas transportadoras. Hay gente con prisa, siempre, que parece alterarse con tu presencia.
Hay gente que observa y gente que sueña.
Luces. Tiendas de souvenirs prefabricados, preconcebidos sin amor, para los que se olvidaron de que lo importante del viaje, es volver, y a quién se vuelve.
Huele a café y bollos.
El oído es incapaz de aislar el ajetreo del control policial.
Y después, el silencio de la espera frente a una puerta de embarque de números aleatorios.
El no tránsito. Detenerse a observar la inmensidad de las cristaleras y los reflejos que se pintan sobre ella. Los asientos blancos, los cojines duros. El suelo blanco. El silencio que apenas se rompe con un tecleo en un ordenador portátil. La noche cae sobre el cristal, como un fantasma, la oscuridad.

Y de repente una botella se cae. El suelo se moja. Y empieza, de nuevo, la intensidad de la tarde. Esperando el embarque.








jueves, 2 de enero de 2020

A casa por Navidad (2010)

Supongo que habrás leído los titulares. La nieve ha sido una constante en todo este mes de diciembre, y no pretende dar tregua a esta isla. 
Gatwick está colapsado. Cada mañana, depende de lo cuajado que esté el hielo en las pistas para decidir si es posible reanudar los vuelos detenidos desde hace unos días. 
Y hay gente que ha decidido no rendirse. Que ha acampado con sus pertenencias en algún lugar de este aeropuerto, abrazándose a sus maletas, aferrándose a bolsas marrones de papel del McDonald's, o a una botella de sidra. Hasta el próximo vuelo. 



Había facturado la maleta, y los vuelos circulaban con cautelosa normalidad. Deslicé el móvil en el bolso, a la espera de embarcar. Llegamos a la puerta de embarque entre el ajetreo cuando empezó la tormenta. Al principio algunos pequeños copos, que después fueron densificándose. Una voz en off anunciaba la llegada de otra tormenta de nieve, y por consiguiente la suspensión de todos los vuelos. Ahora la avalancha era de personas, precipitándose hacia el mostrador que no les proporcionaba un billete de vuelta a casa.

Se produjo un griterío español. Patrio orgullo. Indignación. Que rompía el murmullo constante de la terminal más concurrida de Europa. 

Internet era un arma de supervivencia individual. Si tu smartphone conectaba más tarde, pasarías otro vuelo en tierra, y eso si arriesgabas a elegir, confiando en el azaroso destino de la tormenta. La euforia del 21 de diciembre, las últimas plazas y las lágrimas se confundían con las conexiones inestables que confirmaban que otro asiento había sido reservado. 

No había visto aún la nieve, pero sabía que tenía que salir de allí. Atravesé aquel arcoíris para culminar en tormenta. Porque a pesar de salir de la muchedumbre acalorada y cansada que se mecía en las paredes destartaladas entre tienda Duty Free y cafetería, aún no estaba a salvo. Por primera vez, empecé a sentir esa angustia en el cuello del estómago, vomité y me sentí mucho mejor después. La angustia había pasado, ahora solo tenía que coger el tren y recapitular, recontar los días, deshacer las maletas, tirarme a llorar. Y la banda magnética de la tarjeta no pasaba. No llevaba cash, y no había ningún conocido o amigo por Gatwick a esas horas aún. No sé por qué tuve aquella suerte, ni sé por qué lo hizo, pero un chico, estudiante Erasmus también, de los que habían estado conmigo reclamando, se acercó y me dio diez libras “para que puedas volver a casa”. En el mundo en que vivimos no recordaba lo que era el altruismo, pero en sí tenía la clara imagen de lo que era la gratitud, y entre lágrimas, abracé a aquel extraño, que sonrió al separarse de mí. No pidió nada a cambio, más que que sonriera, que pudiera volver a mi casa en Londres.
No recordaba tanta nieve junta desde las primeras tormentas. Y mientras pasaba aquel paisaje navideño, me planteaba que igual no podría estar en Nochebuena en casa. Maldecía al tiempo por haberme regalado aquel maravilloso día, porque justo hubiera empezado a nevar a la hora de mi vuelo, por no haber cogido el avión un día antes. Y así seguí mi camino de vuelta desde el tren a casa, con la nieve casi por las rodillas, arrastrando el equipaje, hasta que por fin llegué a la incertidumbre del paisaje blanco, a la soledad de la Navidad en un país extranjero, al silencio.

El 23 de diciembre de 2009 por la noche, entre lluvias, volé desde Gatwick a Alicante.

  

viernes, 2 de marzo de 2018

Copenhague, enero 2018



El parque de atracciones del Tivoli proyecta luces de colores sobre la oscuridad de una noche cerrada que se engulle la tarde. Demasiado pronto.

Nos arrolla un río de bicicletas que pedalea raudo contra los copos de nieve que empiezan a caer contra la oscuridad.

La luz de una cafetería, discreta, nos acoge para deleitarnos con la explosión de sabores de una bomba rellena de crema, fastelavnsboller. El reconfortante calor de un café humeante en una silla alta y la decoración nórdica nos arropan mientras nieva, a ratos.

Buscando la sirenita, nuestros pasos dibujan una estrella, Kastelet, un paseo por prados en altura, el aire frío desde el mar azotándonos la cara y al horizonte un océano carbón, enmarcado por las siluetas de molinos eólicos.

En una realidad paralela, Cristiania trae reminiscencias de un pasado hippie. Huele a porro, a yerbas, a pote. Hay ojos, ojos que acechan cualquier móvil o cámara. Risas. Ecos. Suelos de barro.

Y entre el frío, una cena en una habitación de un apartamento en Norrebro, y todo ese frío se torna calidez. Pan negro, nombres impronunciables, alimentación Bio. Y ella ríe, ríe y mira, mientras los copos de nieve se estampan contra el cristal.



martes, 27 de febrero de 2018

Oporto, octubre 2016


Porto sabe a pasteis de nata,
A dos copas de vino pausadas
en la barra de una bodega
Cada sorbo
encapsula silencio,
un beso suave,
artesanía, madera y hierro. 
Porto se mece al son de una barca
mientras la oscuridad y la historia
se suceden como sombras bajo puentes,
se adivinan en las cuestas adoquinadas,
se esconden en las calles estrechas, angostas, apagadas.

Porto emana una particular luz
Que parece dar paso a un nuevo tiempo.
Una luz que tiñe de tonalidades grisáceas, azules y ocres
sus calles,
los cristales de su mercado,
su estación de tren.

Hoy parece que la decadencia
Deja paso a la modernidad,
Que la oscuridad, dio paso a la luz.



martes, 9 de septiembre de 2014

Hyde Park, otoño 2010

La empujó hacia la esquina del banco. Al otro extremo, un anciano japonés leía, con gafas de montura inexistente, con aquel jardín real de fondo. Estaba entrando el otoño y las hojas empezaban a amarillear en las copas de los árboles.
El césped se extendía infinito, mantos de verde sobre kilómetros, los caballos aún galopaban sobre caminos de barro y grava, haciéndonos retroceder varios siglos. 
Escondido en un remoto rincón se halla el pequeño Peter Pan, pequeño testigo de la rapidez con la que trasciende la naturaleza al paso del tiempo. Su mirada inquieta se extiende sobre el lago, hacia un horizonte indefinido, esperando que los viandantes se detengan a ponerle un brazo sobre el hombro.

El anciano pasó la página casi sin parpadear. Un ligero aire agitó durante una milésima de segundo el árbol que los resguardaba. La pareja se levantó. Ella se abotonó el abrigo beige y él se quitó las gafas para guardarlas en el estuche. Se dirigieron hacia el este, persiguiendo unos cisnes que habían escapado del riachuelo y cruzaron la carretera. 
Eran las cuatro y treinta y tres minutos y caía el sol de la tarde en aquel mes de octubre. Reflejos anaranjados, rosas y azules se vertían en el óleo en que se había convertido aquel lago. Por los caminos de asfalto, patinadores en línea practicaban acrobacias entre conos de plástico de colores flúor. El sonido del choque de las delgadas ruedas con el asfalto era el rumor de una erre constante, que alteraba la calma perenne de aquel romántico jardín del Edén. A la orilla de las aguas, un enorme bar tenía bien guardados los secretos de la tarde que se acaba. Como un abanico que se despliega, sus cristaleras se abalanzaban sobre las aguas, y el humeante té sabor melocotón y la compañía componían la postal de aquella tarde, en aquel parque, a dónde tardarían años en volver.