sábado, 3 de enero de 2015

Amanece el Atlántico

Aún no había amanecido. Las farolas respiraban su último aliento antes de extinguirse con la llegada del sol y de un nuevo día. Frente a él, la desembocadura del Duero traía aire marino frío, turbio y fétido. A su espalda, la pequeña ciudad se alzaba como un muro, con sus calles estrechas y empinadas, llenas de oscuridad y secretos. 
El puerto estaba desierto. Las bocanadas de aire se colaban entre su bufanda y el gorro de lana, entre las gafas de sol y la barba que llevaba sin afeitar desde hacía un par de semanas. 
Una gaviota volaba desde la otra orilla, empujada por el flujo de aire que traía una pequeña lancha. Eran las 5 de la mañana de un gélido 8 de diciembre, y se aproximaba a toda velocidad, con deseos de encallarse contra la orilla, una lancha a motor, que llegaba desde ningún lugar del infinito. 
La luz de una farola reverberó a sus espaldas hasta extinguirse definitivamente, con un cortocircuito que reventó el cristal que la sostenía y la protegía del clima atlántico. Oyó pasos, raudos, acercarse desde una de las laberínticas calles que llevaban a aquel lugar, de día ajetreado y turístico, de noche agonizante y misterioso.  
No se movió. 
El viento provocado por la llegada del barco se estrellaba contra él. Un aire frío y maloliente, un olor a cloacas y mar revuelto, a peces muertos que llegaban arrastrados por la corriente. Las nubes se movían en aquel incómodo amanecer en el Atlántico, revelando un cielo gris, desgarrado por fuertes rayos de naranja fuego. 
No se movió. Le salpicaron las primeras gotas de agua salada. Los marineros amarraron la lancha con un fuerte tirón. La cuerda, gruesa y mojada, rechinaba contra el metal oxidado que la mantendría unida a tierra. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Sí, quiero

Había guardado todos los pequeños envases de huevo Kinder del mes de agosto. Pronto llegaría el invierno y ese formato, único, que tenía dos cavidades y que lo convertían en una pequeña cajita de tesoros se cambiaría por el clásico huevo todo de chocolate y con sorpresa en el interior. 
Desde su sexto cumpleaños, a finales del mes de mayo, había estado pensando cómo hacerlo. Cada uno de los días de verano limpiaba minuciosamente los envases y los depositaba en una pequeña caja de plástico bajo la cama, esperando con paciencia a que llegara el primer día de colegio. En total había coleccionado veintisiete envases, de los que sólo uno sería el elegido. 

Llegó septiembre, y Sergio empezó a preparar su estrategia. Lo había visto antes, cuando su padre abrió una pequeña caja y se arrodilló ante Sara, su nueva esposa, hacía apenas un año. Nunca pudo oír lo que él le susurró a ella, pero pudo ver los gestos de emoción, las lágrimas de felicidad, el abrazo con el que su padre elevó a Sara del asiento y le dio vueltas mientras ambos reían en voz alta. 
Desde entonces, Sara llevaba un anillo brillante color blanco en el dedo anular derecho, y, desde entonces, vivía con ellos, y su papá la abrazaba como él abrazaba al osito de peluche cada noche.

En agosto, Sergio también había pensado en el anillo. Miraba mucho las manos de Sara cuando comían, y lo veía ahí, resplandecer. Cada vez que lo miraba, luego miraba también la cara de su padre, y podía ver el reflejo de lo que aquello significaba en su rostro.

La tarde de antes del primer día de colegio, Sergio eligió uno de los envases de huevo Kinder y empezó todos los preparativos...


Hace veintidós años desde ese día. 
Silvia nunca apareció ese primer día de colegio. Sergio preguntó, y la profesora le dijo que sus padres se habían mudado a otra ciudad, a otro país muy lejos. Sergio pudo identificar Argentina separada de un inmenso azul en el mapa. Un azul atravesaría varias veces en los siguientes veinte años. 

El pupitre de Silvia lo ocupó otra niña, y luego otras, con los mismos tirabuzones rubios, y entonces Sergio se dio cuenta de que quizás no había guardado suficientes envases de Kinder para todas ellas. Las mujeres que habitaron momentáneamente su vida y con las que se soñó un instante o una vida entera.  Las mujeres únicas, especiales, cada una a su manera y para las que Sergio había ideado ese instante de felicidad que una vez sintió en la sonrisa cómplice de su padre y Sara.

Sergio es diseñador creativo y responsable de Relaciones Públicas de su propia marca de anillos de boda, Sí, quiero, una start-up de proyección internacional.
Y en este mismo instante, en algún lugar de la costa oeste de Estados Unidos, en las manos de un hombre hay un huevo Kinder, de los de chocolate. Lo gira y lo voltea nervioso en el baño porque ella aún está dormida. Está nervioso y terriblemente emocionado. Dentro resplandece un anillo de oro blanco. Oye cómo Silvia aún se despereza en la cama, y entonces se apresura con la bandeja, un zumo de naranja, un café, una rosa, y el huevo Kinder apoyado sobre un pedestal blanco. 
Las cortinas dejan pasar pequeños rayos de luz. Por fin ha llegado ese momento que años atrás Sergio había soñado para ella. 


miércoles, 22 de octubre de 2014

Gordito


Desde pequeño, siempre había sido gordito. Sí, gordito, porque no era gordo, sino gordito... Era ancho, de espalda, de cadera y de piernas. Ancho y fuerte, solía decirse a sí mismo durante las clases de educación física en el test de Cooper. 
Gordito creció así, más ancho que la media, entre meriendas de Phoskitos y cilindros de patatas Pringles con olor a cebolla. A menudo se miraba al espejo y pensaba eso, que no estaba gordo, porque gordo es una palabra muy fuerte, y él no estaba gordo, sino gordito, que es el principio del borde del abismo. Y así se mantuvo pasando su adolescencia sin granos, disfrutando de los placeres del Kit- Kat y el Kinder Bueno, de la pizza carbonara y de los sandwiches de bacon, huevo y queso brie que preparaba con esmero su madre para que su niño creciera fuerte y sano, rindiera intelectualmente, llegara a la universidad, y a ser alguien en la vida alguna vez. 
Y así fue como gordito accedió a la universidad a la titulación de empresariales, y, por primera vez, se enfrentó a abotonarse las camisas conteniendo la respiración, claro, porque el Zara no contemplaba a los gorditos como él. Gordito descubrió nuevas y maravillosas camiserías, en las que el modisto medía con esmero la longitud de cada brazo y la distancia entre los hombros, y desde los hombros a la cintura, donde pondría un bordado antes de que los pliegues de la camisa se perdieran dentro del pantalón. 
Gordito disfrutaba de la compañía y amabilidad del modisto, que siempre le ofrecía pastas y café, antes de proceder a medirlo, y disfrutaba aún más de recoger sus camisas nuevas de algodón, suaves y que encajaban perfectamente en su cuerpo. 
Y fue así como un día conoció a Silvia, que también estaba allí, en el modisto, para arreglarse un vestido para una boda que le había quedado muy grande. 
- Es que he adelgazado bastante este año- decía con una sonrisa incontenible- y claro, va a haber que meterle por todos lados. ¡Pero es que la tela es tan bonita! ¡No quiero tirarlo!
A lo que el modisto le contestaba que no había nada que dos manos hábiles, unas tijeras y una máquina de coser no pudieran arreglar. 
Gordito escuchaba atento a Silvia, y pensaba qué pasaría si él...
Acudió, por primera vez a un especialista en nutrición, en contra de los piropos de su madre y sus lamentos de que "se habían perdido los valores de esta sociedad" y "que su hijo estaba estupendo".
Gordito se sentó allí, frente a un señor con bata y sonrisa blanqueada, con gafas de pasta, que le preguntaba sobre sus hábitos alimenticios, lo cuál a Gordito le pareció un concepto que le provocaba mucha risa, por dentro, claro; y luego le decía que podría perder hasta 8kg, como máximo para su contextura física, palabros que a Gordito, también, le hicieron mucha gracia. 
Y así fue como Gordito salió de su primera consulta en el nutricionista, con tres palabras grabadas a fuego: voluntad, dieta y ejercicio. 
Y fue así como empezó una rutina meticulosa durante un año. Las camisas empezaban a bailarle, y el modisto hacía birlerías para meter y cortar las telas que sobraban, y la madre de Gordito, que examinaba asombrada los progresos de su hijo, preparaba los domingos pastel de chocolate, para celebrar que su hijo estaba a dieta. 
Pasó ese año, y Gordito (ahora Gordito-Fuerte) acudió de nuevo a la consulta del nutricionista para confirmar que habían alcanzado sus objetivos.
- Estoy orgulloso de ti, Manuel. Has adelgazado, te has puesto en forma... Ahora solo tienes que mantenerte. Recuerda, voluntad, dieta y ejercicio.
Gordito- Fuerte salió de la consulta y pensó que todo aquel esfuerzo había merecido la pena. Pero que eran ya las seis y media de la tarde, y le apetecía merendar un Kit-Kat. 
- Have a break, no?


martes, 23 de septiembre de 2014

Leche y canela

Cinco campanadas lo despertaron de su profundo y reparador sueño. La habitación estaba oscura, y ella respiraba despacio a su lado, como siempre que él se despertaba sobresaltado en mitad de la noche. Ella se removió entre las sábanas, pero volvió a girarse y a volver a respirar, inhalando hasta llenar los pulmones. 
Se levantó y, descalzo por aquel suelo de frío mármol, fue hasta la cocina. El reloj de la cocina corroboraba lo que las campanadas habían anunciado. La luna se colaba por la ventana entre la oscuridad de los edificios, atravesando las filas de ropa tendida en el patio interior hasta esa quinta planta de la Avenida Herrera Oria. 
Abrió la nevera y la luz del fosforescente alumbró la habitación, haciendo ecos de la luna. Cogió el cartón de leche y lo virtió en un vaso de cristal. Con la espalda apoyada en la puerta de la nevera bebió, en silencio, mientras su mente volvía años atrás...

-Un vasito de leche, Jorge, y a dormir.
- ¿Con canela?
- Si, con azúcar y canela. Leche preparada. Y ya verás qué bien concilias el sueño.
Su madre lo sentaba en la mesa de madera de roble la cocina y las piernecitas, llenas de arañazos y moratones, le colgaban. Le gustaba tomarse el vaso de leche con su madre para conciliar el sueño porque era el único momento en el que estaba solo con ella: sus hermanos mayores ya dormían, su padre estaba viendo la televisión en el salón, y la madre solía preparar cosas en la cocina para los días siguientes. Entonces Jorge se levantaba, descalzo, e iba a paso sigiloso hasta la cocina. Su madre le acariciaba el pelo y le decía que se acostara pronto, que a la mañana siguiente tendría sueño. Pero no le importaba tener sueño porque estaba allí con mamá, y se sentía único, por unos breves instantes, cuando todos dormían y él se manchaba un gracioso `bigote` blanco y relamía la canela de la comisura de sus labios. 
Luego, se iba despacio, dándole las buenas noches a su madre, y diciéndole que "soñara con los angelitos". 

A veces, cuando se levantaba con insomnio por las noches, mientras Sara dormía a su lado, pensaba en esos vasos de leche con canela. En su madre, en la vida en el campo y las campanadas de la pequeña iglesia del pueblo. Y luego miraba la luna y se daba cuenta de que le faltaba algo. Le faltaba algo, y es que, otra vez, se había olvidado de echar canela. 

  

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Repentino y caprichoso destino


Ante sus ojos se alzaba la inmensidad de la pirámide de cristal, el símbolo que distinguía al Louvre del resto de París. Llovía, a ratos, una llovizna ligera y molesta a partes iguales propia del mes de abril. El cielo se debatía entre las nubes grises y los claroscuros, entre los halos de sol y el celeste agrisado que le daba un aspecto sombrío a la ciudad.

El Louvre le había parecido interminable. Había buscado pintura holandesa y se había perdido entre clásicos inagotables y estatuas neoclásicas hasta llegar a esos cuadros concretos, alejados de muchedumbres y turistas japoneses.

Tenía dieciocho años y toda una vida por delante. Y allí estaba, sola ante el Louvre, arrastrando sus pequeños zapatos de tacón en busca de cuadros concretos y peculiares. Estaba una semana en París, de visita y deambulaba las calles descubriendo la capital de la moda europea, porque, ella quería ser diseñadora.

Diseñadora de pasarela, de los trajes esos que sacaban siempre en la tele, de vestidos de cola largos, de volantes, de corpiños rojos de ritmos vertiginosos, de encajes y tela de tutú. A menudo soñaba con ver sus pequeños bocetos convertidos en prendas que descendían desde unas escalinatas entre focos y flashes incesantes de fotógrafos. Viajaría de París a Nueva York, de Milán a Hong Kong. Se pondría esas gafas oscuras de actriz de cine y se escondería para ver, en la clandestinidad, cómo se disfrutaban sus diseños.

Las gotas de lluvia la alejaron de su ensoñación en el patio del Louvre, algo que no había conseguido ni el ajetreo de turistas ni las llamadas que había recibido al móvil, que vibraban a la espera de que las abriera.
"No me coges. Saldré pronto. Nos vemos después de comer. ¿Sabrás llegar sola a casa?"

Se quedó en silencio bajo la ligera lluvia y lo pensó. Estaba sola. Pasaba casi todos los días casi completamente sola en París, y, sin embargo, no sentía miedo ni soledad. La ciudad era abrumadora, con sus infinitos museos y rincones, con sus agradables cafeterías que se asomaban al Sena, con sus catedrales frías y sus avenidas infinitas. Recorría la ciudad en deportivas y con la sola compañía de sus pensamientos y un mapa.

Estaba en París con su prometido, banquero hispano que había tenido que mudarse a la capital francesa por trabajo, y disfrutaba de sus momentos de soledad mientras él trabajaba haciendo de descuidada turista. Luego, orientándose con el mapa, lograba llegar a donde se encontrarían, cuando él saliera, con pocas ganas de ver museos y de llevarla de turismo al Pompidou.

Ceci n'est pas un pipe. Comía en las deliciosas boulangeries, algo rápido, para poder seguir su tour hacia el Barrio Latino o el Montmatre, lugares que jamás visitaría con él por alejarse de los estándares de la lujosa zona de La Defénse en la que vivía.

Se habían prometido un año antes, cuando ella estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, y parecía que, pese a la diferencia de edad (él recién aterrizado en la treintena), los años que llevaban citándose, primero clandestinamente, y luego ya públicamente, habían concluido con lo que, a juicio de Salva, era lo "lógico y racional": casarse con la mujer de su vida. Luego a él lo trasladaron a París, con un puesto que mejoraba con creces sus mejores expectativas, y mientras, ella soñaba despierta con ser una aclamada diseñadora de moda.

Se mudaría enseguida y empezaría sus estudios en la École de la Chambre de la Couture, el prestigioso centro de diseño, y ya emprenderían una vida juntos.

Pero las circunstancias de la vida, al final, giran los planes, y ella sí se mudaría a París, pero para dedicar su formación a las Science Po, ciencias políticas. Era finales de abril, y aún su prometido no sabía nada de este repentino cambio de planes.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

La luz de una vela iluminaba la pequeña mesa redonda que los enfrentaba. Bebían vino rosado de una copa, ella a sorbitos, devolviéndola despacio a su lugar silencioso encima del mantel burdeos. El tránsito de París se sentía como un zumbido perenne al que ella no llegaba a acostumbrarse. Lucía el anillo de oro blanco en sus dedos finos, que enredaba en tirabuzones mientras le dedicaba una mirada felina y enmarcada por el rímmel. Había aprendido a hacerlo: a seducir. En la universidad aprendió la sensualidad que en su inocencia de primeros años de casada le faltó. Se pintaba los labios de rojo y fumaba, dejando su beso sellado en el cigarrillo. Exhalaba el humo despacio. Había aprendido a mirar, con una mirada arriesgada y decidida, a su marido. Agarraba su copa (ya no la sostenía), y pedía siempre que la dejara apoyarse en su hombro para mantener el equilibrio frente a los tacones.

Luego, a solas bajo la lluvia, se los quitaba y reía, en el juego de luces que se atisbaba entre las gotas. Y él reía también, y pensaba en lo feliz que lo hacía esa chica, y en la fantástica decisión que tomó de traérsela a París.

Pero a veces, de vez en cuando, la sentía lejos. La sentía lejos cuando se despertaba antes que ella, la oía respirar y sentía cada latido de su corazón, pero ella estaba en otros lugares, lejos de allí. Así pasaba las dos horas antes de que ella se despertara los domingos: la observaba. La observaba dormir, con los escasos rayos de sol que se colaban entre sus cortinas. A veces, incluso se soltaba de su pequeña mano para levantarse y observarla, y observarla hasta inmortalizar ese momento y cada gesto de su cara, hasta que ella, ajena a todo, despertaba para encontrar el desayuno preparado sobre el mantel de vichy.

No sabía cómo, pero algo los había ido alejando, paulatina y lentamente y él, que ya estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, se negaba a dejarla escapar entre sus dedos...

viernes, 12 de septiembre de 2014

Imagine strangers

“I began to like New York, the racy, adventurous feel of it at night, and the satisfaction that the constant flicker of men and women and machines gives to the restless eye. I liked to walk up  Fifth Avenue and pick out romantic women from the crowd and imagine that in a few minutes I was going to enter their lives, and no one would ever know or disapprove. Sometimes, in my mind, I followed them to their apartments on the corners of hidden streets, and they turned and smiled back at me before they faded through a door into warm darkness”

F.Scott Fitzgerald. The Great Gatsby.


I guess, that's just how it all gets started. Imagination. Gathering up details carefully observed or unintentionally seen on a routinary bus one afternoon. A catch up phrase. A stare. A tattoo in the wrong place. The biting on that inferior lip. The book she was reading, which evaded from all the movement around her, or even the uncomfortable pushing around of people in the underground.

The smell of fresh made pizza pouring out onto the streets. The scent of fruits been stacked up early morning, just arriving from the truck when lights are still off. Eau de cologne. The unmissable odour of desire. 

The darkness of a summer night, but still a full moon to light them. Laughing from a teenage crowd. She twisted her ankle (oh hell!). The oven and a smell of chocolate brownie, the taste of guilty pleasures. Take away coffee, please, Ariana, no sugar. Thanks. 7.30 rush.

Life just walks by besides us. Details. Facts. Parts of missing conversations. Puzzles from everyday life. That's just the best plot, isn't it? Life.  


martes, 9 de septiembre de 2014

Hyde Park, otoño 2010

La empujó hacia la esquina del banco. Al otro extremo, un anciano japonés leía, con gafas de montura inexistente, con aquel jardín real de fondo. Estaba entrando el otoño y las hojas empezaban a amarillear en las copas de los árboles.
El césped se extendía infinito, mantos de verde sobre kilómetros, los caballos aún galopaban sobre caminos de barro y grava, haciéndonos retroceder varios siglos. 
Escondido en un remoto rincón se halla el pequeño Peter Pan, pequeño testigo de la rapidez con la que trasciende la naturaleza al paso del tiempo. Su mirada inquieta se extiende sobre el lago, hacia un horizonte indefinido, esperando que los viandantes se detengan a ponerle un brazo sobre el hombro.

El anciano pasó la página casi sin parpadear. Un ligero aire agitó durante una milésima de segundo el árbol que los resguardaba. La pareja se levantó. Ella se abotonó el abrigo beige y él se quitó las gafas para guardarlas en el estuche. Se dirigieron hacia el este, persiguiendo unos cisnes que habían escapado del riachuelo y cruzaron la carretera. 
Eran las cuatro y treinta y tres minutos y caía el sol de la tarde en aquel mes de octubre. Reflejos anaranjados, rosas y azules se vertían en el óleo en que se había convertido aquel lago. Por los caminos de asfalto, patinadores en línea practicaban acrobacias entre conos de plástico de colores flúor. El sonido del choque de las delgadas ruedas con el asfalto era el rumor de una erre constante, que alteraba la calma perenne de aquel romántico jardín del Edén. A la orilla de las aguas, un enorme bar tenía bien guardados los secretos de la tarde que se acaba. Como un abanico que se despliega, sus cristaleras se abalanzaban sobre las aguas, y el humeante té sabor melocotón y la compañía componían la postal de aquella tarde, en aquel parque, a dónde tardarían años en volver.