La
empujó hacia la esquina del banco. Al otro extremo, un anciano japonés leía,
con gafas de montura inexistente, con aquel jardín real de fondo. Estaba
entrando el otoño y las hojas empezaban a amarillear en las copas de los
árboles.
El
césped se extendía infinito, mantos de verde sobre kilómetros, los caballos aún
galopaban sobre caminos de barro y grava, haciéndonos retroceder varios siglos.
Escondido en un remoto rincón se halla el pequeño Peter Pan, pequeño testigo de
la rapidez con la que trasciende la naturaleza al paso del tiempo. Su mirada
inquieta se extiende sobre el lago, hacia un horizonte indefinido, esperando
que los viandantes se detengan a ponerle un brazo sobre el hombro.
El
anciano pasó la página casi sin parpadear. Un ligero aire agitó durante una
milésima de segundo el árbol que los resguardaba. La pareja se levantó. Ella se
abotonó el abrigo beige y él se quitó las gafas para guardarlas en el estuche.
Se dirigieron hacia el este, persiguiendo unos cisnes que habían escapado del
riachuelo y cruzaron la carretera.
Eran las cuatro y treinta y tres minutos y
caía el sol de la tarde en aquel mes de octubre. Reflejos anaranjados, rosas y
azules se vertían en el óleo en que se había convertido aquel lago. Por los
caminos de asfalto, patinadores en línea practicaban acrobacias entre conos de
plástico de colores flúor. El sonido del choque de las delgadas ruedas con el
asfalto era el rumor de una erre constante, que alteraba la calma perenne de
aquel romántico jardín del Edén. A la orilla de las aguas, un enorme bar tenía
bien guardados los secretos de la tarde que se acaba. Como un abanico que se
despliega, sus cristaleras se abalanzaban sobre las aguas, y el humeante té
sabor melocotón y la compañía componían la postal de aquella tarde, en aquel parque,
a dónde tardarían años en volver.
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