Cinco campanadas lo despertaron de su profundo y reparador sueño. La habitación estaba oscura, y ella respiraba despacio a su lado, como siempre que él se despertaba sobresaltado en mitad de la noche. Ella se removió entre las sábanas, pero volvió a girarse y a volver a respirar, inhalando hasta llenar los pulmones.
Se levantó y, descalzo por aquel suelo de frío mármol, fue hasta la cocina. El reloj de la cocina corroboraba lo que las campanadas habían anunciado. La luna se colaba por la ventana entre la oscuridad de los edificios, atravesando las filas de ropa tendida en el patio interior hasta esa quinta planta de la Avenida Herrera Oria.
Abrió la nevera y la luz del fosforescente alumbró la habitación, haciendo ecos de la luna. Cogió el cartón de leche y lo virtió en un vaso de cristal. Con la espalda apoyada en la puerta de la nevera bebió, en silencio, mientras su mente volvía años atrás...
-Un vasito de leche, Jorge, y a dormir.
- ¿Con canela?
- Si, con azúcar y canela. Leche preparada. Y ya verás qué bien concilias el sueño.
Su madre lo sentaba en la mesa de madera de roble la cocina y las piernecitas, llenas de arañazos y moratones, le colgaban. Le gustaba tomarse el vaso de leche con su madre para conciliar el sueño porque era el único momento en el que estaba solo con ella: sus hermanos mayores ya dormían, su padre estaba viendo la televisión en el salón, y la madre solía preparar cosas en la cocina para los días siguientes. Entonces Jorge se levantaba, descalzo, e iba a paso sigiloso hasta la cocina. Su madre le acariciaba el pelo y le decía que se acostara pronto, que a la mañana siguiente tendría sueño. Pero no le importaba tener sueño porque estaba allí con mamá, y se sentía único, por unos breves instantes, cuando todos dormían y él se manchaba un gracioso `bigote` blanco y relamía la canela de la comisura de sus labios.
Luego, se iba despacio, dándole las buenas noches a su madre, y diciéndole que "soñara con los angelitos".
A veces, cuando se levantaba con insomnio por las noches, mientras Sara dormía a su lado, pensaba en esos vasos de leche con canela. En su madre, en la vida en el campo y las campanadas de la pequeña iglesia del pueblo. Y luego miraba la luna y se daba cuenta de que le faltaba algo. Le faltaba algo, y es que, otra vez, se había olvidado de echar canela.

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