martes, 2 de septiembre de 2014

Rosa blanca

Había dejado el papel encima de la mesa, pero al salir se arrepintió y lo recogió, con prisa.
Se puso encima la chaqueta del chándal y salió, sin rumbo, a perderse en ninguna parte rodeado de extraños.
"Te quiero. Creo que ha llegado el momento. Estoy preparado."
Las palabras rezumbaban en su cabeza como ecos, hasta convertirse en un tantra insoportable. Lo externo se rozaba contra su piel: el bullicio del puesto de rosas, el pescadero sordo que hablaba a gritos, los murmullos y risas estridentes del bar de la esquina.
Apretó la nota muy fuerte entre sus manos, la estrujó y la convirtió en bolita, la jugó con sus dedos.
Habían empezado a salir hacía un año. Ella era pediatra, licenciada hacía tres años, y hacía interminables turnos para conseguir el mayor sueldo posible al final de mes. Urgencias. Noches. Horas extra. Casi siempre llegaba agotada, pero de muy buen humor a la casa que tenía alquilada, un pequeño apartamento casi sin luz en la calle Murcia, al lado de la Estación de Atocha.
Él se había licenciado en Bellas Artes, en un momento en el que el arte era demasiado romántico y delicado para los tiempos que corrían, ya que eran pocos los que admiraban los trazos meticulosos y las paletas de colores naturales en las obras. Trabajaba de Guía esporádico en el Museo del Prado y en el Reina Sofía. De madre alemana y padre español, era el mejor acompañante para turistas extranjeros que deseaban una visita enriquecedora además de algunas buenas recomendaciones de dónde comer y qué después de alimentar sus mentes inquietas. Trabajaba pocas horas, pero estaba bien pagado.
También pasaba pocas horas en su piso, un pequeño ático de madera en Malasaña, de techos bajos y ventanales, de parquet que cruje a cada paso. Siempre tenía montado un atril, y tenía mezclas anteriores de pinturas, brochas sucias, esbozos en carboncillo, retratos de la cara de Julia que reflejaban una interminable niñez. Iba allí a reflexionar, a probar nuevas ideas, a sentir que sus manos aún tenían talento. Su pequeño refugio. Pero pronto volvía. Volvía a casa de Julia porque pronto llegaría del hospital, y quería verla quitarse los zapatos y danzar por toda la casa descalza, quitarse la ropa y lanzarla a la cesta de la ropa sucia, objeto que para Adrián no era más que un elemento decorativo en medio de aquel diminuto baño.
Volvía porque cuando llegara quería que lo encontrara allí. Como si llevara toda la tarde allí, esperándola, leyendo un libro o mirando nuevas recetas de cocina que jamás sabría hacer.
Le gustaba ver sus ojos sonreír cuando llegaba agotada y lo veía allí, sentado en el sofá de tela rojo, como si estuviera en su propia casa.
A veces, por la noche, pasaba su mano por la cara de ella mientras dormía, memorizando a través de la piel sus facciones perfectas. Ella no se daba cuenta, tan solo respiraba y le regalaba una media sonrisa, entre sueño y sueño.
Adrián casi nunca dormía en su piso. Ella a menudo le decía que por qué seguía pagando el alquiler de un sitio que no habitaba, que se trajera lo que faltaba de sus cosas ya, que harían un hueco. Y la verdad es que él lo había pensado muchas veces. Pero luego recordaba el hilo de luz que se colaba por el ventanal de madera al amanecer, las gotas de lluvia que rebotaban contra el tejado, tan cerca de su cabeza, sus pinceles sucios, todos esos cuadernos de ensayos que veía en silencio y que siempre prometía que no volvería a mirar. A veces olía a cerrado. Otras a marihuana.
Tenía apenas dos camisetas blancas allí, con agujeros en distintas partes, descosidas, y unas Converse, de antes de que todo el mundo empezara a llevarlas. Una vieja radio era el objeto de más valor que guardaba allí, junto con sus obras eternamente inacabadas.
Paró en la floristería y compró una rosa blanca. Era difícil de encontrar pero sabía que a Julia le gustaba la tranquilidad del blanco, sumada al olor a agua oxigenada en sus manos. Miró el reloj y apresuró el paso de vuelta. Pronto llegaría Julia. Se quitó el chándal y agarró con fuerza la rosa en su puño izquierdo mientras con la mano derecha giraba la llave en la cerradura.
Ella ya estaba allí. Y sonrió al verle aparecer con una rosa blanca.




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