Con la piel impregnada de olor a mediterráneo, recorría la nostalgia absurda de las despedidas en los andenes. El asfalto se extendía interminable ante sus ligeros pasos. No era la primera ni la última vez que estaba allí. No era la única a la que se le saltaban las lágrimas al agitar la mano antes de subir el escalón.
Al verde esmeralda de la tapicería se sumaba un murmullo sordo, demasiadas maletas apiladas en una rejilla, pelo suelto que se deja caer entre sillones.
El traquetreo del tren se llena de recuerdos mientras anochecen rosas y azules en el reflejo del cristal. Luces y sombras. Una cabeza que cae sobre el apoyabrazos. Silencio.
Gente que nunca sabes si va o viene, murmullos de conversación por el móvil, la radio des-conectada del Madrid-Barça, unos ojos que miran indiscretos detrás de unas gafas, mil y un proyectos que se estampan contra el suelo, una idea genial, un último beso.
Sentimientos de alerta: el cuidado, el miedo, la incertidumbre.
Dos bolas de helado a principios de octubre. Y entre pensar en España, que ya no se encuentra, y otras utopías románticas, anuncia la megafonía un "Madrid-Atocha" que rompe el abismo.
Where is home?

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