jueves, 4 de octubre de 2012

City lights

- Me gusta cuando pienso que aún puedo hacerte feliz- musitó entre dientes mientras le colocaba su cazadora sobre los hombros desnudos.
Había empezado a caer la noche y el frío se apoderaba de aquellos primeros días de octubre. Se habían refugiado en una pequeña taberna, castiza y estrechamente construida en los alrededores oscuros de la Plaza Mayor. Las paredes de azulejos blancos, amarillos y marinos cerraban el ambiente, el suelo de baldosas de piedra recogía una ingente cantidad de colillas, las conversaciones ajenas se fundían con el rumor de los camareros y el ruido de la cocina, tan cercana a donde estaban sentados.
Confundían la cebolla en la tortilla de patata, el olor a calamar frito impregnaba sus camisas. A su lado, tres conductores de autobús conversaban acerca del poker, del dinero fácil, de Eurovegas. Entre un y otro Santa Teresa caracterizaban un alfabeto propio, unos sonidos guturales imposibles, unos "tronco" que se entrometían en frases inacabadas, entre verbos desconjugados, entre preposiciones mal posicionadas.
Y se encendía Madrid un miércoles, tambaleándose entre un verano que se niega a ceder el pulso y un otoño demasiado omnipresente como para seguir devorando helados en cualquier paseo nocturno. Y sin embargo parecía que no iba a terminarse nunca aquella noche estrellada, aquellas conversaciones pasajeras, aquel reloj de la puerta del Sol, todo aquel display de policías por las calles. Parecía que octubre se había instalado entre el ayer y el mañana, entre el sueño y la copa de vino tinto, en un limbo de atemporalidad y viejos recuerdos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario