lunes, 22 de octubre de 2012

Puro

Los rayos de sol de la tarde se colaban entre las cortinas granate cerradas hace unos instantes. El pasillo de la iglesia, de fría piedra, se tambaleaba con cada uno de sus pequeños y lentos pasos. La cola blanca impoluta del vestido se arrastraba tras ella ceremoniosa. El altar resplandecía, oro puro, cegador, ante los cientos de ojos que observaban el enlace. Se quitó el velo. Estaba preciosa. Ya lo era, pero este día era especial. No podía disimular esa sonrisa, una ilusión de colegiala, una libertad de adolescente.
El murmullo difuminado en silencio, la misa, las manos que nunca se separan, las palabras desde el altar, los trajes de chaqueta, los recogidos y nucas desnudas.
Nada más sincero que sostenerse. El resto es un disfraz de convenciones. El espectáculo del vestido, la cena, el cava, el champagne, la tarta, el baile, el ramo que vuela por los aires.

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