miércoles, 27 de enero de 2016

Peléalo

Hoy veía jugar a David Ferrer en el Open de Australia a retazos, lo que me permitían internet y el móvil a horas tan tempranas de la mañana. Y pensaba que en la vida hay muchas personas que, en algún momento dado, aprendieron a luchar y a crecer con la lucha.
Ya sabéis que 'Ferru' no es de los jugadores que te dan la alegría desbordante, pero me gusta seguirlo por ese espíritu de lucha. 
Creo que el deporte te enseña muchas cosas sobre ti mismo.
Peléalo. Hasta el último punto. Que sea tu golpe el que termine dejando K.O al contrincante. Que sea un kilómetro más, uno más que ayer el que avanzaste. 
A veces, nos hacemos heridas en las rodillas. Nos caemos. Es inevitable quizás. Pero nos levantamos de nuevo. Las cicatrices cierran, pero no desaparecen. Supongo que son una marca en nuestra piel de que seguimos creciendo. 
Peléalo. Y dite a ti mismo que pudiste. Que lo intentaste y lo conseguiste. Que sufriste en el camino. Que llegaste. Porque si esta vez lo logras, quizás la próxima la cuesta no parezca imposible. Porque quizás la próxima vez recuerdes que el esfuerzo vale la pena. Porque en alguno de esos momentos entre el 'no puedo más' y 'lo dejo escapar' está la magia. La magia de sentirnos vivos. La magia esa propia de brillar en la lucha. La magia de saber que al final, lo conseguiste.
No te rindas nunca. Peléalo.

martes, 19 de enero de 2016

Sin música

Madrid a veces se vuelve ajeno al movimiento. 
Los paisajes (urbanos) se despliegan ante nuestros ojos como fotogramas inconexos. 
Las luces que brillan en los anocheceres tempranos en pleno día.
El paso de la gente que no mira al frente, sino hacia abajo, a los pequeños aparatos.
A veces suenan coros de murmullo. A veces silencio. Una distraída conversación telefónica. Una anciana que estornuda. Próxima estación Ríos Rosas.
Imágenes que pasan rápido, que no "retinan" en nuestras retinas, que se funden y confunden con el paso de las horas, los días, el tiempo. 

La música del mp4 dejó de sonar. El frío de las 7 de la tarde se encajaba en los huesos para quedarse. Las deportivas anaranjadas marcaban el tempo ante una ciudad que no se detiene. El tempo. Cada paso que se mueve por el asfalto. El impacto del peso del cuerpo contra el suelo. La furia del cuerpo, la velocidad del viento. Las luces de ciudad. Palacio. Príncipe Pío. El teleférico. La oscuridad que se cierne sobre el impacto de las calefacciones. El Río. Las luces que lo acompañan manso.  

El tempo...
 



viernes, 1 de enero de 2016

Si la vida fuera tan fácil, todos sabríamos volar

Si la vida fuera tan fácil
Todos sabríamos volar.
A veces nos falta más coraje
Más saltos al vacío
Más yo puedo
Más sueños perseguidos.
Cicatrices en las rodillas de correr
Afonías de cantar tan fuerte que nos reviente el pecho.
Más atardeceres y más amaneceres
Más café porque dormir no merezca la pena
para vivir soñando.

Más mancharnos las manos cocinando
Más canela
Reír muy fuerte
Cerrar las cortinas y vivir todas las locuras
Sumar días de pies descalzos
Buscando caminos hacia ninguna parte
o hacia el infinito. 
Porque cada día que pase sin que tus pasos te lleven a tus sueños
resta valor a nuestras vidas.
Porque  si la vida fuera tan fácil
Todos sabríamos volar.



martes, 8 de diciembre de 2015

Últimas palabras

Pensé que han pasado tantos años. 
"Who we used to be when we were younger and free"
Muchos caminos y muchas decisiones diferentes. Muchos silencios y muchas incorrecciones. 
"There's such a difference between us and a million miles."
Y sin embargo algo me hizo pensar que quizás, que quizás siempre habrá cosas que nunca dijimos. Cosas que no diré jamás. Que guardo mis últimas palabras para que guardes ese adiós que nos separó hace años.
Que quizás necesitamos ese silencio. Esa no existencia que nos convierte en etéreas almas que se resguardan de un invierno y unos corazones demasiado fríos. 
Que quizás sólo en mi imaginación esté tu cuerpo entre otros cientos que desaparecieron en un atentado. Y si fuera así, y si no fuera así. Hola. Adiós.

Y cerré el cofre de los recuerdos. 




jueves, 3 de diciembre de 2015

Sala desperanza

-          - Belén, no lo entiendo.
La enfermera miró a la niña por encima de sus gafas de pasta, como quién espía a través de las cortinas opacas por la ventana. Tendría unos diez años y parecía tener uso de razón. Quizás le recordaba a sus hijas, también preadolescentes, que la llamaban al hospital para preguntarle qué camiseta combinar con el short vaquero y si estaba planchada, porque había días en los que no llevaban uniforme del colegio, y entonces todo se volvía un caos. 
Volvió a mirar a la niña. La había visto ya muchas veces, cada dos semanas venía con su madre (cáncer de colon, jodido, quimio de las fuertes, uno de esos casos en los que el tiempo juega el papel más fundamental entre la vida y la muerte). 
-   ¿Qué es lo que no entiendes, corazón?
La niña la miraba con inocencia. Tenía los ojos grandes, azules, muy claros, y la cara plagada de pecas. No sólo en la nariz, sino por toda la cara.  
No se atrevía a preguntar lo que pensaba. 
Se agarró a su libro de cuentos y lo apretó con firmeza.    
La mirada de la enfermera volvió a centrarse de nuevo en los papeles que tenía sobre la mesa, en las agendas de citas, en los post-it que le había dejado la compañera de la tarde, en el tictaqueo del reloj de pared que, sin tregua, anunciaba la llegada del mediodía.
- No entiendo por qué estas personas que están tan mal, que están viejas y cansadas, que están muy enfermas, se empeñan en querer vivir.
Belén alzó la vista. No daba crédito a lo que acababa de oír. Esa inocente niña...
Lloraba. Belén la acompañó a una pequeña salita contigua. Seguía perpleja. No esperaba esa pregunta. Y menos de una niña de diez años. 
- Marta, aquí hay personas muy enfermas. Enfermas, como tu mamá. Pero nosotras estamos aquí para salvarlas. 
Marta miró a la enfermera. Seguía sollozando en silencio. 
- Marta, una enfermedad no significa el fin de la vida. Se supera.
-A... ayer...- Marta intentaba articular palabras entre sollozos- los o...oí mo...ri...morir.
Belén se quitó las gafas.
-¿Cómo vas a haberlos oído morir, cariño?
-Sí.. Oí al señor Alberto ahogarse mientras le pinchaban.
Belén no respondió. Tampoco era fácil.
- ¿Mi mamá se va a morir?
Belén se quedó en silencio. No era fácil la pregunta ni fácil la respuesta. La madre de Marta no tenía un cáncer terminal. Pero un cáncer digestivo sabía que era algo complejo, por la velocidad a la que se reproducen las células. Había respondido bien al tratamiento...
Interrumpió sus pensamientos el grito ahogado de Marta. 
-¡Va a morir!
Belén la abrazó fuerte. 
- Tu madre no va a morir, Marta.
-¡Mientes! ¡Se va a morir como el señor Alberto! ¡Todos los que entran en esa sala se van a morir! ¿Por qué quieren seguir viviendo?

No pudo hablar más porque empezó a llorar de nuevo. Belén la abrazaba e intentaba tranquilizarla. Belén entonces entendió algo que nunca antes había entendido: una niña había asimilado la muerte. Antes que muchos adultos. Deseaba el fin del sufrimiento y, como consecuencia, el fin de la vida. Diez años.

- Si ellos mueren, mi mamá se salvará.




lunes, 30 de noviembre de 2015

Sabanitas de queso que se resisten a morir

Cuando introdujo la llave en la cerradura ya sabía que Ámbar no estaría en casa. Sin embargo, siempre que llegaba al apartamento vacío después de un viaje esperaba que ella hubiera regresado antes que él para sorprenderle, para abrirle la puerta y decirle 'bienvenido de vuelta, amor' y darle un beso fuerte de película que le hiciera perder la noción de lo tarde que era, del retraso de su vuelo, de los días fuera de casa en habitaciones de hotel ajenas. 
Y sin embargo Ámbar no estaba, y sólo podía escuchar el silencio, a veces roto por los pequeños pasos de Ratatouille, su hámster, sobre el manto de hierbajos. La casa olía a cerrado, y la oscuridad de la entrada de la madrugada, apenas alterada por las farolas de la calle, que apenas alumbraban la penumbra. 
Arrastró su maleta hasta la habitación, y se dirigió a la cocina. No había imanes con notas de nada en la nevera. Ni el "hemos quedado para firmar la escritura" ni un "he reservado para cenar en el Di Donatello". Ratatouille corría enérgicamente por el circuito que le regalaron para Reyes, un circuito de tres pisos con toboganes, en el que pasaba las horas cuando ni Ámbar ni Carlos estaban en casa. 
Carlos abrió la nevera y pudo ver que aún quedaban paquetes meticulosamente envasados en papel blanco de la charcutería, sabanitas de queso, una botella de Lambrusco que Ámbar dejó abierta tras la primera copa. Cerró la nevera y volvió a la habitación. Arrastró la maleta a la cocina. Sacó la ropa directamente a la lavadora y la enchufó. La espuma se movía entre sus camisas de seda, y se sentó allí, en una de las sillas de la cocina, mientras la lavadora rezumbaba. 
Ámbar casi nunca estaba en casa, al menos casi nunca estaba con él. Cuando no trabajaba hacía planes de ir a tomarse vinos con antiguas amigas de la universidad a las que siempre hacía mucho tiempo que no había visto, y al final acababa llegando a casa muy tarde, cuando él ya se había acostado, y se quitaba la ropa y se metía entre las sábanas con él, abrazándose muy fuerte. A veces él se excitaba y se giraba, la cogía por las caderas y embestía su último esfuerzo del día en hacerla feliz durante media hora. Otras veces ignoraba esa excitación, y simplemente la abrazaba entre sus brazos y le acariciaba el pelo hasta que se dormía, como una niña pequeña.

viernes, 27 de noviembre de 2015

El tiempo nunca se detiene

Fue con el movimiento brusco del televisor
o con el armario vacío de su lado
el olor a nostalgia de la cama vacía
del frío del invierno
cuando reconquistó esa frase:
El tiempo
nunca se detiene.

Y de tantos atardeceres
no quedaba nada más
que unos recuerdos empapados en lágrimas
embalados al vacío
esperando que de nuevo
el tiempo pase por ellos.


Nunca supo si abrazarse al vacío
o a la memoria tardía
de todo lo que ahora duele.
El frío
que se cuela por cualquier rendija
Los pies que danzan entre escombros,
la mirada vacía.

Fue la llegada del iniverno
o el silencio
o que supo
que aquel iba a ser el último día.
Porque seguramente lo habría vivido diferente
Día -1.