Madrid a veces se vuelve ajeno al movimiento.
Los paisajes (urbanos) se despliegan ante nuestros ojos como fotogramas inconexos.
Las luces que brillan en los anocheceres tempranos en pleno día.
El paso de la gente que no mira al frente, sino hacia abajo, a los pequeños aparatos.
A veces suenan coros de murmullo. A veces silencio. Una distraída conversación telefónica. Una anciana que estornuda. Próxima estación Ríos Rosas.
Imágenes que pasan rápido, que no "retinan" en nuestras retinas, que se funden y confunden con el paso de las horas, los días, el tiempo.
La música del mp4 dejó de sonar. El frío de las 7 de la tarde se encajaba en los huesos para quedarse. Las deportivas anaranjadas marcaban el tempo ante una ciudad que no se detiene. El tempo. Cada paso que se mueve por el asfalto. El impacto del peso del cuerpo contra el suelo. La furia del cuerpo, la velocidad del viento. Las luces de ciudad. Palacio. Príncipe Pío. El teleférico. La oscuridad que se cierne sobre el impacto de las calefacciones. El Río. Las luces que lo acompañan manso.
El tempo...

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