De niña siempre odiaba septiembre. Odiaba septiembre porque se acababa el verano. Los árboles secos empezaban a perder todas sus hojas amarillas y marrones, que caían al suelo formando una alfombra ocre que crujía con cada uno de los pasos que soportaba.
Con septiembre siempre llegaban las prisas, el tazón de leche con cereales enorme en la mesa de la cocina, y la leche que me daba arcadas. Porque los niños de los noventa no sabíamos de intolerancia a la lactosa ni cosas de estas. Hundía los cereales en la leche y los rescataba, y enseguida ya era tarde, y si no me había manchado en mi rescate cauteloso de los cereales del fondo de la leche, tocaba ponerse una rebequita y salir para el colegio.
Recuerdo que camino al colegio pensaba que podía volar, porque el viento agitaba las ramas de los árboles y creía que solo tendría que alzar un poco el vuelo y me llevarían muy lejos.
Recuerdo la bolsa de tela, de cuadritos rosa y azul y con un conejito bordado que ponía "mi merienda" en la que llevaba el almuerzo.
Recuerdo buscar árboles de moreras, para coger sus hojas para cuando los gusanitos de seda salieran de su letargo estival.
Recuerdo los paseos en bicicleta, detrás de mi padre, siguiéndole todo lo rápido que podía, parque arriba y parque abajo, con el sol encima de nosotros.
Recuerdo que tenía los rizos muy rubios, dorados por el sol y alborotados por la brisa marina.
Los días se hacían más cortos, con una intensidad melancólica, con el sol apagándose cada vez más pronto, con la playa mediterránea que se quedaba en silencio después del ajetreo del verano.
Cómo te odiaba, septiembre.

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