martes, 5 de agosto de 2014

Otra historia para Psicosis de Hitchcock



- No le he contado esto a nadie, Doctor.
La mujer se quitó los guantes rojos de delicada piel de ante y dejo entrever sus finas manos, de largos dedos que culminaban en una manicura perfectamente acabada en lacado. De su pochette extrajo un paquete de Marlboro y le pidió fuego con un gesto sutil y sugerente.
El médico se inclinó para encender el cigarrillo de la mujer. Una vez encendido, ella inhalo y exhaló suavemente el humo, saboreándolo en sus labios que guardaban un rastro de carmín.
- La escucho- dijo el médico.
- Verá, Doctor...- hizo una pausa dramática, en la que cruzó sus delgadas piernas- iba por la autopista, con la ventanilla bajada. El aire me agitaba el pelo. Me golpeaba furioso la cara.
El psicólogo, sentado en un pequeño sillón orejero tapizado de color ocre al lado de la mujer, la miraba sin decir nada. Observaba sus gestos y se interesaba por su historia.
- (...) y entonces sentí cómo se apoderaba de mí.
El doctor la miró, atónito.
- ¿Quién se apoderaba de usted?
- Una fuerza. Una fuerza sobrenatural y asesina que tomó posesión de mis manos en el volante y lo giraba, y lo giraba dando volantazos.
La mujer detuvo su relato conmocionada. Se secó una gota de sudor de la frente con un pañuelo de seda que extrajo del pequeño bolso que había depositado en sus muslos.
- ¿Qué pasó entonces?
El doctor alzó sus cejas con sorpresa para mirar a la mujer, que estaba sentada en el sillón contiguo, revolviéndose en una extraña mezcla entre nerviosismo y mente serena.
- Peleamos. Peleamos por la posesión del volante y yo luchaba por mantener el rumbo. No venían más coches porque era la autovía de la costa, pero entonces se nos cruzó. Un motorista en un pestañeo. ¡Oh! ¡Qué visión tan horrible! Se acercaba y yo no podía mantener la dirección del coche, no podía apartarme a la cuneta ni desviarme, no podía frenar, no podía gritarle que tuviera cuidado. Su cuerpo se precipitó contra el parabrisas, y yo le chillé, con las manos aún pegadas al volante. Fue un golpe sonoro y seco. Como un animal. Por un momento detuvimos el coche. No sabía qué hacer....

Detuvo su narración un segundo y respiró. Se le derramaban lágrimas frágiles de los ojos, sin querer, arrastrando con ellas pequeñas gotas de rímmel negro. Entrelazó el cigarrillo entre sus dos dedos y se atusó el pelo con los dedos de la otra mano, sintiendo la laca quedarse en sus yemas.

- ¿Se encuentra bien, señora Crane?
La mujer asintió, revolviendo sus pequeños pies dentro de los zapatos negros de salón.
- Señora Crane, ¿quiénes se detuvieron? ¿La acompañaba alguien más? No me había dicho que viajara con nadie....
- ¿Perdón?
- Ha dicho "nos detuvimos". ¿Viajaba con alguien más?

La mujer lo miró perpleja. Sus ojos azul intenso se desorbitaban en un gesto entre angustia y enfado.

- No, doctor. Viajaba sola. Ya se lo he dicho.

El doctor se hundió en el sillón.

- Perdone, no pretendía ofenderla. Por favor, prosiga su relato. ¿Qué hizo después?

La mujer lo miró. Su mirada era fría y distante y parecía alejarla del psiquiatra, que apenas estaba a su lado. Las paredes de la consulta la agobiaban. Eran de madera de cerezo y estaban cubiertas por estanterías hasta casi el techo. El suelo era de parquet, de baldosas largas y anchas.

- Bajé del coche, sentía el peso de su fuerza en mi cuerpo. Me ofrecía mucha resistencia y me trataba de hundir en el asiento. Pero finalmente, forcejeé y, aún no sé cómo, pude salir.
El hombre se había estampado contra mi parabrisas como un mosquito. Intenté llamar a ayuda, pero no había nadie. Eran las 4 de la tarde y ya sabe cómo son estas autovías entre los pueblos. Poco transitadas. Escaso tráfico. Nadie oyó mis llamadas desesperadas.

Los músculos de su cara empezaron a tensarse. Sus ojos miraban incesantes la habitación y recorrían estantes velozmente. De vez en cuando, repentinos, se cruzaban contra los ojos del doctor tras el cristal de sus gafas de cerca. Se removía en su asiento. La falda se tensaba entre sus muslos y agarraba con violencia el bolso con sus delicados dedos.
- Señora Crane, ¿quiere un vaso de agua?
La señora Crane lo miró, como saliendo de una ensoñación.
-¡Oh! ¡Muchas gracias, doctor! Es usted tan considerado.
El doctor se acercó a la mesa y le sirvió en un pequeño vaso agua de su jarra. Se lo alcanzó el vaso y pudo ver una profunda cicatriz en la muñeca de la mujer. Disimuló y volvió a su sitio. Pobre criatura. Menudo tormento estaba pasando.

- Doctor.- dijo la mujer en un hilo de voz.
Apenas se giró para mirarla de nuevo y recibió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo mientras oía la voz de la mujer diciendo.- Sabe usted demasiado, doctor. No voy a tener más remedio que matarle.
Lo golpeó de nuevo, con una fuerza sobrenatural, levantó ligeramente una de las baldosas de madera del suelo y empujó el cuerpo hasta que el subsuelo terminó por absorberlo. Pisó con fuerza la madera para recolocarla. Cogió su bolso y su gorro y se dispuso a saltar por la ventana.

Abrió el coche y saltó dentro. Arrancó suavemente.
-¡Oh! ¿Cómo he podido hacerlo? ¿Cómo he podido? ¡Oh! ¡Qué estúpida soy! ¡Huyamos!
Aceleró el coche y sintió rugir el motor. Eligió la autovía de la costa. Sabía que sería más tranquila...

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