jueves, 14 de agosto de 2014

Hollín y gasolina

Tenía las manos manchadas de hollín, negras, y el sudor brotaba raudo desde su frente hasta chocarse contra el asfalto. Madrid no daba tregua. 40 grados y agosto. Otras latitudes.
Habían reventado una rueda. El asfalto desprendía calor que provenía del mismísimo infierno.
Las manos, fuertes, se peleaban contra las herramientas y contra la ligera carrocería de aquel coche tan pequeño. Consiguió levantarlo. La chica estaba a su lado. Su melena y sus tacones, observándolo maniobrar.

Ella también sudaba, pero en silencio. Y su camiseta se mojaba lento, chorretones de sudor que inundaban su espalda y su pecho. Miraba tras unas gafas de sol oscuras, redondas, que le cubrían gran parte de su fina carita de niña.
Se acercó al maletero y le sacó la rueda de repuesto mientras él manipulaba la rueda pinchada. La rodó despacio, en dudoso equilibrio, hasta la parte delantera del coche.

Tenía las manos fuertes, fuertes como el resto de su cuerpo. Estaba terminando de quitar los tornillos que giraban la rueda. No haría falta llamar a nadie. Sudaba. tenía la camiseta gris empapada y pegada al torso, se agachaba debajo del coche, y el contacto con el asfalto salpicaba rozaduras. Sentía su presencia como una sombra a sus espaldas, podía sentir su respiración a medida que ella se acercaba más y más. Quitó la rueda. Ella se puso en cuclillas a su lado. Le acercaba los tornillos y metía los dedos entre sus manos para apretar los pequeños tornillos que unían el caucho con la llanta.

Podía sentir su olor desde atrás. El sudor y las hormonas que se desprendían del mismo. Su espalda ancha deslizarse con facilidad alrededor del coche, sus dedos manipular la rueda hasta quedar impregnados de aceite, de hollín... Se acercó a él como una silenciosa presencia y respiró suavemente en su oído.

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