domingo, 20 de abril de 2014

Si atardece en Madrid

Hay un lugar indiscutiblemente peculiar en donde estar.
Siguiendo la Carrera de San Francisco, al final, encontramos la Basílica de San Francisco el Grande.
Es domingo, y la mayoría de turistas ya se aglutinan para despedir al sol en el Templo de Debod. Los ajenos a este acontecer, apuran los sorbos de su segunda cerveza de la tarde en cualquier bar de La Latina. Los padres ya recogen a sus hijos del parque para llevarlos de vuelta a casa a la rutina de baño y cena.
Son las ocho.
Subimos unos escalones altos y largos para llegar al parque. No es muy grande, pero tiene una ubicación privilegiada: tranquila, pequeña, elevada frente a la inmensidad de Madrid y un secreto aún muy bien guardado.
La tierra se cuela en mis zapatos según atravesamos el pequeño parque, un cuadrado resguardado con plantas en los cuatro laterales. En los bancos, adolescentes ríen y esconden sus cigarros.
Al final de este pequeño cuadrado hay un balcón. Una barandilla que se extiende y se alza frente a los límites de Madrid.
El sol está ya en retroceso, se quiere dormir.
Me apoyo en la barandilla.
A la derecha, me protege un muro de hormigón plagado de graffitis. Absurdos. Uno encima de otro. Colores inconexos. Garabatos de manos inexpertas. Sueños aplastados contra un muro.
Él me abraza, deslizando sus brazos por mi cintura, deslizándolos hasta tocar, acariciar y agarrar mis manos.
Nos quedamos así, en silencio, mientras el sol se desplaza, lento, hacia el final del abismo.
Debajo de nuestro balcón, unos adolescentes juegan al baloncesto, para mi sorpresa, sin hacer ruido, sólo el deslizamiento de las zapatillas por el asfalto de la pista y el bote de la pelota, sólido, impositivo, contra el suelo.
Se acerca otra pareja en silencio a nuestro pequeño balcón.
Me giro. Nos besamos. El sol se ríe de mis espaldas. El tiempo se detiene.
Y lo miro, entre mi ceguera frente al sol, entre mis rizos alborotados. Vienen nuevos tiempos.
El sol se desplaza lento, hacia el final de donde podemos verlo.
Los adolescentes del banco se remueven.
La pareja entrelaza sus manos.
Naranja, amarillo y rosa se funden en el óleo celeste. Llega una brisa de nuestra izquierda, y me refugio en su cuerpo.
El sol no se detiene.
Ya llega a su destino, viajar de nuevo, de vuelta, otro día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario