domingo, 25 de mayo de 2014

El último cromo

Todos los domingos, el señor Luis se levanta, se pone una camisa azul de rayas, unos pantalones vaqueros que se le caen de la cintura, unos zapatos, náuticos o mocasines o incluso, alguna vez, se pone esas deportivas tan raras, las "tenis", que le regaló su hijo para sus paseos, y se da un paseo desde Embajadores hasta una plaza abajo de La Latina.
Siempre, antes de salir de casa, le da un sonoro beso a su esposa, Paloma, que está en la cocina haciendo croquetas con los restos del cocido, y se baja, escaleras abajo, boina en mano.
Luis tiene setenta y dos años y la mente aún muy lúcida.  Está perdiendo la vista, poco a poco, y sus piernas ya no son lo que eran, pero el camino de los domingos, con su viejo álbum de cromos de piel desgastada, es una de las rutinas, autoimpuestas, que más ilusión le hacen.
A veces hace frío, y el señor Luis llega agotado, se sienta en un banco en la plaza, y ve como los niños intercambian cromos nuevos, que no conoce, de monstruos y hadas, de colores y formas, de jugadores nueva cantera de los equipos de fútbol, con bordes desgastados, o cromos nuevos, recién salidos de un sobre, rasgado con intensa emoción.
Otras veces hace calor, y el señor Luis apura una limonada que le ha preparado Paloma en una cantimplora, como cuando eran jóvenes y aventureros, y se sienta bajo la sombra de un árbol a observar.
Abre su álbum antiguo, de piel desgastada, y observa en silencio ese último hueco que le queda para completarlo. Sonríe. Y entonces se levanta y empieza a buscar coleccionistas de ese mismo álbum, cartas antiguas y bordes desgastados, manos llenas de manchas y arrugas, caras de otros conocidos coleccionistas. Busca y busca, y luego llama a Paloma, desde "uno de esos aparatejos" y los dos se sientan en el mismo bar desde hace más de cuarenta años, a tomar un vermú antes de la hora de comer.
Hoy nadie encuentra al señor Luis en el banco donde solía sentarse. Algunos rumorean que enfermó, otros que ha muerto, otros que Paloma está enferma.
El señor Luis no aparece porque está en casa. Hace treinta años que busca ese último cromo que encontró, por casualidad, tirado en un arbusto en la plaza donde llevaba toda una vida buscándolo. No sabe si fue la suerte, o el viento, que le dijo que había llegado su momento.

El señor Luis murió apenas dos semanas después de encontrar su último cromo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario