martes, 25 de junio de 2013

eterno amor

La anciana se quedó frente al cristal. Lo miró de nuevo, y quizás por última vez.
- Al final me has traído hasta aquí. ¡Y qué señalada fecha, querido, para demostrarme una vez más, lo que me amas!
Se quitó el anillo de plata y lo manoseó entre los dedos. Tenía las manos arrugadas, los dedos temblorosos. Lo devolvió a su dedo anular.
- Enrique, qué bonitos detalles me dejas. Y qué inmensos recuerdos. Tú que siempre me pedías que me quedara a tu lado. Aquí estoy.
Ni siquiera nos separaron los disparos de la guerra, los sudores del parto, la democracia.
Ni siquiera irrumpieron la lluvia, el desorden del ático, el polvo de tus zapatos, los medicamentos en la encimera de la cocina.
Ni siquiera el frío que se colaba en nuestra cama, la muerte de Alfonsito…
Hizo una pausa. Sus hijos la rodeaban, pero se mantenían al margen, en la distancia. Derramó la primera lágrima, pero su expresión se mantenía ilusionada.

Te amo.

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