El suelo del metro estaba completamente blanco y pulido. Los zapatos se arrastraban sin piedad bajo las luces de neón tenues, y aquel día de lluvia, las pequeñas gotas se amontonaban en los paragüas que se movían al ritmo incesante de pasajeros que vienen y van.
Quizás, a las 7 de la tarde de un absurdo martes de lluvia de febrero, nadie se habría dado cuenta de que, en el suelo, había una foto de carnet del revés, una cartulina blanca que apenas se distinguía entre pasos rápidos y relojes que no se detienen.
Él sí.
La cogió con dos dedos, y la levantó, ante la mirada confusa de dos ancianos que acababan de entrar al pasillo. Era una chica de pelo corto y expresión risueña. Qué raro, pensó. Ellas nunca sonríen. Los ojos, apenas maquillados, brillaban ante un flash inexistente.
¿Por qué nadie se habría parado a recogerla? ¿Serían las prisas? ¿Que la chica no se había dado cuenta? ¿Se le habría caído a su novio? ¿Qué hacía? ¿Hacia dónde iba desde el metro de Colón?
Y se paró a pensar en lo aleatoria que es la existencia, lo escasas que son las coincidencias, lo ajenos que estamos de las vidas de otros que recorren nuestro mismo camino, bajo los mismos focos, entonando los mismos pasos.
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