lunes, 18 de febrero de 2013

La del metro

Él caminaba delante pero yo, distraída, lo he adelantado en cuatro escalones cuando aún ni siquiera existía un "él". Y me ha seguido, con su abrigo de Tintin, su Smartphone que miraba distraído mientras pasábamos las casi sin mirarnos, por las máquinas. Pude sentir el olor de su colonia, que, para mi tristeza, no era Hugo Boss for Man, sino algo igualmente masculino pero más misterioso. Y si hubiera tenido ojos en la espalda, le habría dicho que se quedara, allí, en mitad de unos escalones en los que no para de pasar gente. Allí, bajo un foco mal iluminado. Pero seguí mi camino, justo para llegar al andén y encontrarlo de frente, en el otro andén, mirándome. Y aquí no cabían los disimulos, ni girar la cabeza para mirar los minutos que iluminaban las pantallas. Metronoventa. Pijo. Castaño. Son de esas veces en las que el paso del tren arrebata una mirada, en las que prende una chispa diminuta en un milimétrico lugar, en un fragmento de segundo. Y quizás se lo llevó el viento con el paso de su tren. Y esta vez soy yo la que entona una absurda melodía esperando a que pase... el tiempo

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