martes, 26 de febrero de 2013

Sin mirar al cielo

Sonaba el estridente rugir de un violín entre Sevilla y Sol. Las temperaturas estaban de nuevo por debajo, debajo del umbral del placer de salir a la calle porque sí. Sin embargo, atardecía anaranjado entre nubes celestes, y el frío de las manos ocultas bajo unos guantes de lana olvidaba lo que calla febrero.
Ante el paso ligero de los días de frío, las notas sueltas deslizadas por las cuerdas del violín inundaban la acera. El paso de unos tacones. Alguien se detiene. Alguien pasa de largo. Alguien mira la pantalla de su Blackberry. Y Madrid transita sin mirar al cielo, sin mirarse a los ojos, sin redescubrirse, anodina, dormida, sola.


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