domingo, 5 de agosto de 2012

Que el cielo responda


Según avanzaba por la orilla, las algas se enredaban entre los dedos de sus pies. El mar ondeaba tranquilo, al compás del lejano susurro del viento de poniente. A lo lejos, la neblina apenas permitía que se atisbara el Peñón, que observaba omnipresente cada uno de sus pasos desde la distancia. No dolía el sol, quizás porque se escondía a ratos entre nubes inquietas.
Se había alejado de la zona turística a conciencia. Era una cálida mañana de martes de finales de junio pero ya se habían dejado caer los primeros turistas con sus sombrillas, neveras portátiles, toallas y olor a crema bronceadora para pálidos. Las familias montaban campamentos durante los fines de semana. Dos sombrillas techaban el cielo mientras que varias tumbonas cercaban el recinto, cuidadosamente protegido por varios castillos de arena frente al mar, alzados con cubos y palas y pequeñas manos.
No olía a mar. Quizás la brisa se había llevado el característico olor levantino mar adentro o quizás el sudor de su piel impregnaba el ambiente volviendo todo olor ajeno imperceptible a su olfato. Sus pasos impasibles se acercaban cada vez más al final de la playa. Se subió las gafas de sol cuidadosamente para enganchárselas en el pelo. El cielo se había teñido de una tonalidad absurda de grisáceos y el sol ahora peleaba entre las nubes por recobrar su protagonismo.
No sonreía. Desde que había vuelto de Madrid apenas encontraba las fuerzas de hacerlo. Alicante era la pequeña capital levantina en la que había nacido y donde había pasado toda su infancia. Sin embargo, apenas sentía que pertenecía a aquel lugar junto al mar. Quizás no pertenecemos al lugar de donde venimos. O tal vez no pertenecemos a ningún lugar: nómadas bajo las estrellas al compás de los sinceros latidos de nuestro corazón. En verano Alicante se llenaba de forasteros y aquello la hacía sentir más fuera de lugar aún. Recordaba sus rizos rubios al aire, su granja de Playmobil que solía llevar a la playa, las piernas de su madre en aquella foto al borde del mar. Nunca había estado allí. Los recuerdos se difuminaban con cada paso presente. El pasado, como el futuro, parecían tan solo artificio de una Polaroid mal calibrada. Y sin embargo, no borraba el pasado reciente (casipresente), que la acechaba con felices imágenes de manos entrelazados, de ojos cansados de desearse tanto, de la luz de unas velas.
Las olas rompían contra sus tobillos mientras permanecía mirando el horizonte. Lo había hecho tantas otras veces... Es absurdo preguntarle al cielo. Pero más absurdo es esperar que responda.







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