viernes, 9 de octubre de 2020

De aviones y aeropuertos (I)

Aeropuerto de Atenas
Todo viaje que empieza en un aeropuerto incluye la adrenalina del vuelo, el trajín del tránsito, las maletas deslizando sus ruedas como pequeñas skaters por pasillos de mármol infinitos por las cintas transportadoras. Hay gente con prisa, siempre, que parece alterarse con tu presencia.
Hay gente que observa y gente que sueña.
Luces. Tiendas de souvenirs prefabricados, preconcebidos sin amor, para los que se olvidaron de que lo importante del viaje, es volver, y a quién se vuelve.
Huele a café y bollos.
El oído es incapaz de aislar el ajetreo del control policial.
Y después, el silencio de la espera frente a una puerta de embarque de números aleatorios.
El no tránsito. Detenerse a observar la inmensidad de las cristaleras y los reflejos que se pintan sobre ella. Los asientos blancos, los cojines duros. El suelo blanco. El silencio que apenas se rompe con un tecleo en un ordenador portátil. La noche cae sobre el cristal, como un fantasma, la oscuridad.

Y de repente una botella se cae. El suelo se moja. Y empieza, de nuevo, la intensidad de la tarde. Esperando el embarque.








martes, 11 de agosto de 2020

Una puerta al cielo

Nostalgia. No sé cuantas veces habré subido en aquel ascensor a la casa de mis abuelos en Alicante. El edificio Torre Vistamar es un bloque de ladrillo ocre que se erigió en los años sesenta, característico por su celosía, el elemento más representativo del edificio, miles de piezas en forma de hélices de tres puntas que crean un entramado que protege la fachada que no da al mar.  

'El Barco' se enfrenta al mar, con casi 30 plantas, y no hay en la costa de Alicante otra torre de similar especulación urbanística y turística que se le pueda comparar. 

Al entrar al portal, la cristalera principal te asoma directo directo al mar, es un viaje a un horizonte infinito, al azul celeste del cielo. El suelo, de mármol blanco calcatta, da continuidad a la luminosidad y claridad que entra a través de las cristaleras.

Cuando era niña los ascensores estaban viejos. Los botones cuadrados siempre conservaban restos de arena en sus bordes. La luz era tenue. Pero enseguida llegábamos al segundo, a casa de los abuelos, y había corriente, un aire cálido que traía consigo olor a paella.

Había que llegar, como tarde, a las 2. Las 2 era la hora de comer en la generación de la Guerra. Antes se tomaba un tinto de verano, una clara y, los niños, una Fanta de Naranja o La Casera. La Casera era típico de los 90. Sus burbujas explotando contra el paladar y su sabor ligeramente azucarado. 

Cuando entrábamos, siempre estaba mi abuelo sentado frente al mar, leyendo algún periódico, picando frutos secos y mirando el horizonte apoyado en las barandillas de sabor náutico. En cambio, mi abuela estaba siempre trajinando en la cocina. Terminando de freír croquetas o calamares, dándole la vuelta a una tortilla de patatas. A mí me gustaba quedarme allí con ella y ver cómo lo hacía, cómo sus dedos regordetes dejaban caer las bolitas al aceite hirviendo, mientras ella contaba cómo lo hacía, con mimo. No paraba de hacer cosas. 

Sobre la mesa de la terraza había un mantel de plástico, y rodeaban ocho o diez sillas, dispuestas para la comida familiar. Poco a poco, la abuela traía la ensaladilla rusa y la tortilla, croquetas del tamaño del puño cerrado, con bechamel y jamón, con huevo duro, y calamares. 

De fondo estaba el mar. El mar intenso e infinito. El mar como espejo de calma y tempestad. Un mar de verano manso, los barcos surcando olas, soñando horizontes. 

Hoy el ascensor de acceso está completamente renovado, con una luz cenital de LED que rinde buen homenaje a la entrada desde el portal. Los aires están renovados, pero la memoria vuela a lugares pasados. 

Al entrar, un espejo. Adriana, mi hija mayor, tendrá hoy la edad que tenía yo cuando impacté mi primer recuerdo contra la memoria de aquella casa: 3 años. Se abren las puertas y llega, como siempre, la corriente de aire cálido que se cuela entre la celosía. Todo es como siempre, salvo que nada es como era antes. La puerta se encalla al tratar de abrirla. La cerradura oxidada. El ventanal abierto. El abuelo no está. La abuela no sabe dónde está.



viernes, 3 de julio de 2020

29 veranos


Cuando acababa el curso escolar, siempre habían llegado mis abuelos ya a Alicante. Su piso daba al mar de frente, era un enorme ventanal con terraza que desembocaba en la playa de la Albufereta y las corrientes, entre la puerta de entrada y la terraza, traían consigo salitre y olor a verano.

Mi abuelo nos enseñó la afición a la casera y los frutos secos- los quicos y las almendras con sal, y a hacer formulaciones químicas. Nos enseñó el olor del perfume, como buen hijo de químicos.

Mi abuelo tiene los ojos minúsculos y la calva llena de manchas marrones de quemaduras del sol. A veces tropieza y se cae, así que tiene casi siempre heridas y cicatrices. Es bajito y está delgado, y en nuestros veranos lleva sandalias de señor, un concepto que normalizamos de pequeñas pero que me sigue pareciendo una utopía que los hombres lleven los pies con sandalias con esa dignidad.

Los veranos siempre estábamos morenos y comíamos paella los domingos. Paella que hacía mi abuela siguiendo la receta tradicional de la familia, que antes de la Guerra había vivido en Rojales, al sur de la provincia. Mi abuela cocinaba mucho, desde siempre, aunque lo que mejor sabía hacer era coser. ¿Cómo no iba a saber cocinar una hija de militar y madre de cuatro hijos? Y a mi abuelo le encantaba picar de su ensaladilla rusa, de la tortilla de patatas con cebolla o de los pimientos rellenos con bien de bechamel porque en los noventa se vivía ya sin pasar hambre. 

No recuerdo hasta más adelante de lo que se hablaba en las comida, sólo recuerdo que éramos muchos, alrededor de una mesa de plástico blanca, en una terraza de la que sería la casa de mis abuelos durante 29 veranos. Recuerdo que éramos una familia. Muchos, distintos, pero felices. El abuelo se tomaba el arroz con leche, las natillas, o las torrijas de la abuela y se echaba a dormir. Decía que era sólo una cabezadita, pero nos daba igual, porque cuando se despertara podríamos salir de paseo con los abuelos.

Siempre nos recordaba que hay que estudiar mucho para ser algo y alguien en esta vida. Él, que venía de familia humilde de perfumeros y que se había Licenciado en la Facultad de Químicas para encargarse del negocio familiar y, algún tiempo después, a la devoción de la docencia.  Él que vivía con pocas pesetas en una pensión en Madrid siempre quiso que las generaciones que veníamos tuviéramos de todo. Él que había pasado hambre y una Guerra. Que trabajaba, sin redes, para construir su presente y su propia vida. Él, que se casó con el amor de su adolescencia y que sacó adelante a una familia de cuatro hijos en una provincia pequeña. Que construyó un hogar, una casa que aún permanece. 

Siempre quería lo mejor para nosotros. Que era tan escéptico con las carreras distintas, como la mía. 
Con los años aprendí que, como todos, tenía miedo a lo incierto, a la inseguridad, a la política. Quería que estuviéramos a salvo más que que fuéramos felices. Se aferraba siempre a sus creencias religiosas y a sus viejas costumbres, tanto como a la Colonia Álvarez Gómez que hoy usan mis hijas y que es algo que ha pasado de generación en generación y que siempre nos recordará al abuelo. 

Hoy arrulla el mar y rompen las olas. Y él vuela muy alto entre las nubes.

viernes, 19 de junio de 2020

Londres: buscadoras incansables de sueños


Algo vibraba en Londres. Algo vibra para las que no pertenecemos a ningún lugar. Londres es rojo y gris, es un día lluvioso, el cielo cubierto, la humedad del Támesis. Londres es luz y oscuridad. Me sigue fascinando la reconstrucción del South Bank tras los incendios, el Teatro de Shakespeare, la Tate Modern, el puente del Milenio, Saint Paul. Cada piedra que encapsula silencio e historia, los días en los que sólo había luz de velas. Y en cambio  el presente Londres rezuma vanguardia y brilla en multicolor, con luces de neón de colores y una luna llena de serenidad.

Recuerdo el verde de aquella primavera. El olor a hierba infinita de Hyde Park y sus animales, porque en aquella naturaleza urbana, ellos estaban en su lugar, y los humanos de paso, para perdernos en los inmensos jardines, entre las aguas. Qué sorpresa lo pequeño que era Peter Pan (la estatua) en realidad, y lo grande que se colaba en nuestros sueños de niñas. 

Recuerdo el alboroto de Camden, el metro subterráneo para llegar allí, las por entonces grunge Doctor Martens, el olor mezclado de comida, las tiendas de antigüedades, los patios escondidos en el centro del mercado, oír conversaciones en español un sábado cualquiera. 

Piccadilly Circus era el centro de todo, el tránsito incesante de gentes, el origen desde donde pasear y hablar de nuevos comienzos, de principios y de finales, del paso de la adolescencia tardía a la joven edad adulta. Felices 20 teníamos y muchas ganas de comernos el mundo. 

Creo que Londres es una ciudad en la que podemos ser. Tú y yo, que no somos del lugar donde nacimos. Que somos de mar  y playa pero que no tenemos nuestro sitio en el Mediterráneo. Que somos de cualquier lugar y de ninguno.
En Londres puedes pasar ser y estar desapercibida. Puedes ser una librería de segunda mano o una carrot cake. Puedes sumergirte en un cuadro clásico u abstracto, observar sin sentirte observada, sumergirte en la música de los cascos mientras pasan los vagones llenos de un metro o ser parte del baile de un músico callejera que entona a Amy. 
Londres te acoge en sus moquetas horteras y su comida a deshoras, extraña y pesada. 

No somos nómadas, somos buscadoras incansables de sueños…


domingo, 5 de abril de 2020

Diario de Pandemia (COVID-19): I


21.
Entra un rayo de sol
Un balazo directo
Al hipotálamo.
Un chute
de energía
Con el que vibran los colores de la alfombra.

Huelen a curry sus manos, gorditas
En una expedición por las especias de la cocina trajo eso.
Huelen a café las mías,
Porque los días,
empiezan a alargarse demasiado.


7.
¡El unicornio sabe volar, mamá! Míralo, lo tiro, y vuela.
Es un breve instante de tiempo, entre sus manos y las mías.
Pero es esa complicidad que sólo un bebé de 1 año sabe transmitirte.
Yo lo tiro, y vuela a ti. Lo entiendes. Tú lo tiras de vuelta hacia mi, y me sonríes.
El unicornio sabe volar.


9.
Hoy he vuelto a llorar. Ya no me caben tanto sentimientos: angustia, claustrofobia, estrés y no llegar, no parar, incertidumbre. Así que los he roto fuerte. Los he exprimido en un cóctel de lágrimas. Y es una copa con la que brindo por mañana.


25.
- Mamá, ¿somos gente triste?
-No, cielo, ¿por qué?
- Porque no tenemos rosquillas.


1.
Retumban las palabras del televisor. Suena a miedo, a incertidumbre, a barco naufragando, a miedo, a impotencia, a qué haré yo, a cuándo cómo dónde y por qué.
Una imagen desde Urgencias.
Un relato de desesperanza.

2.
Sólo hay un lugar: mi hogar son ellos.


20.
Es de noche. Otra mañana más. Un día más, uno menos.
Enciendo el ordenador. Enciendo la cafetera. Corto la naranja en dos.
Enciendo la cabeza, apago el corazón.
Enciendo los datos, apago la esperanza.
¿Dónde está el botón para apagar esta pesadilla?



miércoles, 26 de febrero de 2020

¿qué te gustaría tener cuando vayas a morir?


Esa pregunta lleva rondando mi cabeza desde el trágico accidente de avioneta que se llevó a Kobe Bryant, jugador de la NBA, de 42 años.
Reflexiono, y pienso que no tenemos miedo a morir. Realmente no, no es eso, es miedo al dolor. Miedo a irnos de este mundo de una manera agónica: morir asfixiados, ahogados, en un accidente de tráfico mortal desangrados. Al dolor infinito, insoportable, incomparable.
Miedo a cerrar los ojos no. Miedo a dejar este mundo, tampoco. Algún día lo haremos todos al fin y al cabo...
Vaya reflexiones, ¿no?
Mi mente práctica enseguida pensó, vale, si no es miedo a morir sino al dolor, ¿qué puedo hacer para paliar el dolor? ¿qué podría hacer Kobe Bryant, multimillonario, para haber podido morir sin sufrimiento?
Inmediatamente pienso: morfina.

Lo que me gustaría tener cuando vaya a morir es morfina. Inyectarla y cerrar los ojos para emprender el viaje y flotar, hacia donde quiera llevarme el alma, volando libre.

Porque mi cuerpo es sólo un anclaje temporal en el que habito.
Porque cuando llegue mi momento, sólo querría tener un final sin dolor, sin agonía, sin sufrimiento.
Cerrar los ojos y sólo volar. Volar muy lejos a algún lugar de brisa marina y casitas blancas.
Volar y sentir que todas las personas a las que quiero están conmigo, porque soy alma y espíritu, soy emociones, soy etérea.







miércoles, 5 de febrero de 2020

La vida como mejor guión: cenas navideñas infantiles

Eran las 8 de la tarde. Las luces del árbol ya estaban encendidas, y los pastores estaban yendo al portal de Belén, tal y como ella los había colocado. Habían pasado el río azul añil, porque en su casa no era como el río del cole, que era un río hecho de papel de plata. En su casa el río era azul, y con piedrecitas. 
Papá y Mamá ya habían puesto la mesa. Sin el mantel de Mickey Mouse, porque ese era sólo para los cumpleaños. El suyo, y el de Adrián. El mantel era rojo sin dibujos, sobrio, aburrido. 
Era de noche.

Pero el timbre no sonaba
- Mami, ¿puedo comer turrón ya?
- No, cariño. El turrón y el chocolate son de postre. Después de la cena.
- ¿Y cuando es la cena?
-Cuando llegue la tía
- ¿Y cuando llega la tía?
El timbre interrumpió su conversación. 
Mamá guardó la bandeja de navidad en el estante. Los bombones dorados culminaban el lecho de ladrillos de turrón y chocolate. Los polvorones se asentaban sobre el lecho de dulces, envueltos minuciosamente en envases individuales.
Entraba aire frío de la calle. Adrián ya había ido a la puerta a recibir. Adrián y Papá. Pero ella no quería. No quería que le dijeran que se hacía mayor, porque cinco años ya eran demasiado. Arrastró a su muñeca de la pierna y apartó la cara a los besos, quitándose el pelo de la cara con los deditos.
Papá ponía los platos en la mesa. Los langostinos la miraban con sus ojos saltones. Y había verdura. Verdura. Puaj. Mamá decía que hay que comportarse en la mesa y comer y Papá les preparaba la comida en trocitos en sus platos.

- ¿Puedo comer turrón ya?
Las conversaciones seguían ajenas a la dulce demanda de Sonia, que se dejó deslizar frente al televisor. Conversaciones banales, chicas que bailan, purpurina, y sueño.

Decían que 2013 iba a ser un año de cambios, de salida de la crisis, de dinero y capital, de fútbol.
Miró de nuevo a los langostinos. La montaña había disminuido, pero seguían los ojos saltones mirándola, retándola. Se levantó. Al baño. Y a la despensa. Sabía perfectamente dónde guardaban papá y mamá los Conguitos. Nadie sospecharía de una bolsa de Conguitos en Navidad. Porque los Conguitos se pueden comer cualquier día, y además, después de Navidad nadie quiere Conguitos, ni chocolate, ni dulces.
Abrió la bolsa en la oscuridad del pasillo y comió el primero.
Y el segundo.
y el quinto.
Y el vigésimo.
Volvió a la mesa. Su hermano miraba las servilletas distraído, pinchaba huevo hilado y decía alguna frase, probablemente sin sentido para los adultos, pero que fingía prestar mucho interés porque la decía Adrián.
Miró a través de las copas. Las burbujas subían a la superficie, para, ligeramente, desvanecerse, como una pompa que explota.
-¡Ya llegan las uvas! ¡Preparados!
Papá fue a la cocina y trajo los boles. Doce. Unadostrescuatrodoce.
-Yo no quiero uvas, papá- dijo Adrián.
Sonia abrió los ojos muy abiertos.
-¿Lacasitos?
- Lacasitos está bien.
Los Lacasitos eran las uvas para los niños. Total, daba igual la suerte o no suerte. Aún quedaban unos días para abrir regalos.
Los Lacasitos venían en una bolsa de kilo, amarilla, y no olían a chocolate. El estruendo al abrirlos precedía al silencio posterior, sentados en el sofá su hermano y ella, en silencio, comiendo uno a uno los pequeños botones multicolor de chocolate.
Las copas burbujeaban en amarillo- champán- y el reloj de la Puerta del Sol daba las campanadas rotundo, solemne, tranquilo.
Metió su mano otra vez en la bolsa: blanco y morado. Rojo y naranja.
Sus dedos ya apenas atinaban a encontrar botones cuando los vio. Sobre la mesa, papá ya había dispuesto los bombones dorados, y mamá los estaba pelando, con sus uñas siempre cuidadas, con la manicura hecha.
Se acercó a la mesa.
- ¿Brindas, Sonia?
-Brindo
Y cogió un bombón. Su papel dorado era una invitación, un tesoro. Su sabor era explosivo. Mejor incluso que cualquier tableta o que el Kinder huevo. El primer mordisco siempre era glorioso, el relleno, avellana y chocolate con leche, deleitaba su paladar. El ligero cosquilleo de los trozos de avellana al fundirse en su lengua y su paladar hacia que el sabor inundara su boca. Glorioso.
Cogió otro. Mientras, Adrián se entretenía en deshacer las arrugas del envoltorio del bombón. Con sus ágiles dedos, desplegaba las cuatro esquinas. Con las uñas, alisaba la superficie una y otra vez, una y otra vez.
Chispeaba champán, rebosante de las copas delgadas con las que brindaban los mayores.
Le empezó a doler la tripa.
¡Feliz año! ¡Feliz 2013!
Papá encendió dos bengalas.
-¡Sonia! ¡Adrián! ¡Vamos! ¡ya es año nuevo!
de aquellos palos saltaban chispas. Fuego. ¡Fuego!
Sonia tiró su palito al suelo. El parquet prendió. Papá corriendo. Mamá corriendo. Adrián obnubilado mirando su bengala.
Papá apagó el fuego con una toalla.
Sonia vomitó chocolate.
Feliz 2013.