Oía las voces lejanas a través de la estrecha pared que separaba el apartamento del contiguo.
Discutían. Ella a veces llegaba tarde, y él saludaba a Emilia con una sonrisa disimulada y contenida, cargado con las bolsas de la compras.
- Que tenga usted una buena noche, doña Emilia.
Y entonces cerraba la puerta tras él con el suave contoneo de una pierna, dejando a Emilia fuera de su habitáculo.
Emilia entonces acercaba su butaca a la pared, acercaba la mesita con un contoneo tembloroso, haciendo a todas esas mujeres cincuentonas maravillosas y operadas de las revistas del corazón bailar un hula hop, y se sentaba, con su lana y dos agujas, mientras escuchaba lo que la dejaba la rigidez de la pared.
A veces, él, cuando pasaba a la hora de la cena, alababa el olor que emanaba de la cocina de Emilia.
- ¡Qué bien huele, doña Emilia! ¡Qué gusto da llegar a este rellano! ¡Es usted una cocinera estupenda!
Y cuando él cerraba la puerta, Emilia también cerraba la suya, girando metódicamente la llave en la cerradura hasta encerrarse por completo. Sólo entonces se sentaba de nuevo en la butaca, respirando la delicia de olor que desprendía su guiso y que inundaba todo el piso, y entonces sacaba las fotos de militar de Manolo. ¡Qué guapo estaba Manolo! Y no estos chavales jóvenes con sus barbas desaliñadas y sus pantalones vaqueros con tenis.
Y mira que son educados, Manolo, pero esto se nota que ya no es lo que era.
Manolín viene a verme a veces, con Eugenia y los niños, pero no es lo mismo.
Te echo de menos, Manolo. Me hago vieja aquí sin ti.
Con el ruido de estos extraños aquí al lado, tan jóvenes y vitales. Tan dinámicos, siempre yendo y viniendo. El tiempo se nos pasa. Se me pasa sin tí. Y te echo de menos.
He preparado pollo en pepitoria, Manolo, tu preferido, como te gusta a ti.
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