lunes, 9 de febrero de 2015

Las almas de aquellas personas buenas

Se acercó a uno de los bancos de madera del extremo y dejó resbalar su bolso sobre el asiento. Dos tirabuzones negros se escapaban de su recogido y sobresalían del pañuelo turquesa y azulado que cubría su cabello. 
La Iglesia estaba en penumbra salvo las escasas velas que iluminaban los alrededores del altar y que guiaban el paso de unos intrépidos turistas equipados con potentes flashes en sus teléfonos móviles.
Se arrodilló sobre la madera, que crujió en un silencioso latido bajo sus rodillas. Respiró hondo y empezó a musitar mientras su rostro miraba al altar en el horizonte, intentando atisbar un rastro de misericordia entre la oscuridad.
A su lado, un anciano rezaba entre sollozos. Las arrugas de su rostro marcaban el paso de otros tiempos, de años felices, de otoños melancólicos y veranos soleados a la orilla de algún lugar del Mediterráneo. Juntaba sus pequeñas y torpes manos intentando sostener el pulso, de sostener la vida.
Isabel se giró a mirarlo. Sus ojos celestes se cruzaron con los almendrados ojos del anciano. Y sonrió.
La madera crujía bajo sus rodillas.
¿He pedido por todos? ¿Y por los que ya no están?
Al fondo, entre las sombras a la entrada la esperaba Fran, en silencio y escribiendo por el móvil, como si no fuera con él la cosa y todo aquel misticismo, el olor a incienso, la piedad, el amor, la esperanza y la desesperanza, los ruegos y peticiones desconsoladas, las confesiones.
Fran no creía, pero Isabel ya no recordaba cuándo ella empezó a creer. Porque en el colegio la educaron con tres misas diarias y un Ángelus nada más sentarse en el pupitre. Pero a esa edad, dicen, aún no tienes uso de razón, y coloreas angelitos y a Dios y al Espíritu Santo sin mucha conciencia real de la inmensidad y el alcance de aquellos dibujos.
A veces pensaba que la fe la había abandonado. Que Dios la había dejado de querer y por eso ya no sentía aquella fe dévota que sentía en el aulario del colegio.
No sabía por qué creía. Sólo sabía que cuando entraba en aquellos templos, con murmullos ajenos, plegarias de misericordia, anhelos, sueños y desesperanzas, podía alcanzar las almas de todas aquellas personas buenas que rezaban junto a ella. 

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