Madrid, 24 de julio. 20h. 35º.
Sonó el teléfono con su irritante timbre. Entre sudores que huelen a desodorante del Mercadona, César se acercó para contestar la llamada: un edificio en el centro. Una casa de esas viejas.
- Enseguida voy.
Salió a la puerta e inmediatamente una ola de calor sahariano le azotó la cara y el cuerpo indiscriminadamente. Se puso el casco y se subió a la moto.
Qué absurdo. Otra vez aquí al centro. ¿Será una viejita en apuros? Puto Madrid. Puto verano. El uniforme negro le oprimía a la vez que atraía más el sol. Viajaba en moto. Solo. Siempre solo por las calles de un Madrid desierto en verano. Menos en Lavapiés. Que siempre hay que perseguir a algún hijo de puta. Puto distrito centro. Puto trabajo de mierda en las calles "sirviendo al ciudadano". En la oficina se había quedado Julián (Carabanchel, 1982), de su misma promoción pero con más titulación escolar, atendiendo a "guiris" a las que habían robado en la calle Huertas. "Guiris" de esas rubias y de piel rojiza por el sol de España, de anuncio, que habían llegado apuradas sin cartera ni documentación a su hotelito en Huertas. Y luego estaba él. Yendo a un edificio viejo aún no sabía a qué...
Aparcó la moto en la acera y llamó al timbre.La fachada estaba pintada de un color rosa, ñoño, como una casa de muñecas de niñas. En la puerta del edificio pudo ver su fecha de construcción: 1889. ¡La ostia!- pensó- igual hasta se derrumba esta cochambre en servicio. Escribió a Julián por Whatsapp: "Tío, me ha vuelto a tocar un puto edificio del centro de estos viejos. Me cago en ros. Unas cañitas luego, macho."
Le abrieron la puerta. El descansillo era amplio, y unas escaleras bastante inclinadas lo separaban del 1ºE, donde estaban los otros cuatro policías. Subió. Los escalones de madera no se quejaban de su paso. Llegó al fin con sus compañeros al estrecho rellano del primer piso. Allí estaban otros cuatro, junto con una señora de unos cuarenta años bien arreglada: tacones, falda tubo y mechas rubias. Las puertas de varios pisos de esa planta estaban abiertas. Móviles en mano.
Abrió el grifo con la mano derecha sudorosa y apenas pudo comprobar que caían dos gotas al vaso que había depositado. Se acercó al baño y abrió el grifo. Tampoco corría agua. Él seguía dormido, acurrucado en las sábanas, y aún no se había enterado de que estaban sin agua.
-Un corte programado- pensó, -Nunca nos enteramos de nada. Han cortado el agua hoy y no nos hemos enterado de nada. ¡Hay que ver!
Igual era la obra de arriba. El dueño del edificio había decidido restaurar los dos últimos pisos viejos que quedaban en el edificio y hacerlos dos apartamentos nuevos de alquiler: uno para los "eternos inquilinos", una entrañable pareja de ancianos que vivía en el edificio desde la posguerra y otro para alquilar. Dobles beneficios, casa nueva.
Abrió la nevera. Aún quedaba una jarra de agua fría que les permitiría sobrevivir unas cuántas horas hasta que volvieran a reestablecer el agua...
Bajaban por las escaleras cuando oyeron un revuelo en el rellano de la primera, cinco policías uniformados acompañaban a una señora que se tambaleaba en unos tacones altos. Huele a boys y a despedida de soltera. La mujer, rubia, manoseaba inquieta su teléfono móvil. Tenía las cejas depiladas en una fina línea. Una línea que no cubría del todo la inmensa longitud de su ojo.
- ¿Qué ha pasado?- preguntaron al bajar
- Al vecino del primero se le está saliendo el agua. Y el agua gotea y cae a mi oficina- contestó la mujer. Trabajaba en el Banco Español, justo debajo de 1º E.
Los policías se movían con alboroto. Llamaban, se cuchicheaban entre sí. Bajaban y subían al bajo. Parecía que no sabían qué hacer...
Raquel marcó el número de nuevo, por décima vez en la tarde. Una trabajadora del banco la había llamado porque le estaba goteando el techo y al parecer venía del piso de Ignacio, el 1ºE. Había llamado al timbre, pero solo oyó reverberar el eco de su llamada por paredes diáfanas. Ignacio viajaba, a menudo, y casi siempre que estaba en Madrid no pasaba mucho tiempo en casa. Daba clases de yoga, practicaba meditación al alba en el parque del Retiro y salía a correr muy temprano los domingos. Raquel lo veía a veces, y la había invitado a un té exótico en alguna ocasión mientras le contaba su excitante vida de artista bohemio.
Ignacio no contestaba. Ni al timbre, ni al teléfono. Probablemente no estuviera soportando el calor de Madrid. Probablemente ni siquiera estuviera en España.
Antonio, el marido de Raquel, tampoco contestaba. Se había ido unos días al pueblo, a Navarra, de donde eran ellos, para despejarse un poco del calor y ajetreo de Madrid. Antonio estaba jubilado desde hacía dos años, y ambos decidieron que podían permitirse un apartamento céntrico en la capital para disfrutar de Madrid y su vida de ocio. Antonio era maestro, de lengua y literatura españolas, y disfrutaba de su misión docente en cualquier ocasión que se le presentara en la extraña tranquilidad de su jubilación.
Antonio no contestaba. Desde hacía cuatro horas no contestaba llamadas ni mensajes. Antonio había tomado la presidencia de la Comunidad y todos los vecinos lo conocían. Raquel, en cambio, estaba a la sombra de su marido, y esta era la primera crisis que tenía que gestionar como "presidenta en funciones".
Salió al rellano del primero, en zapatillas de estar por casa, y con móvil y libretas en la mano.
- Hemos cortado el agua de la general para que no gotee. Hasta que no podamos cortar el agua del piso no la volveremos a encender.
Los policías la miraban con descrédito. El rellano de pronto se había llenado de gente. Aún no habían llamado a los bomberos, y, más bien, estaban allí a ver qué si alguno decía cuál debía ser el siguiente paso. Aquí no había porras ni persecuciones. No había cretinos ni ladrones, no había que rescatar a ninguna damisela en apuros, ni consolar a una mujer violada. Ni siquiera hacía falta uniforme y pistola. Solo tenían que marcar el maldito número: 080, y dejar que aquellos superhombres vinieran a tirar la puerta abajo.
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