jueves, 4 de febrero de 2021

Una cristalera al cielo

¿Alguna vez te has preguntado qué son los recuerdos? Para algunos, son imágenes, o flashes de emociones que vuelven a nuestra cabeza, teñidas de cierta nostalgia. A veces un recuerdo es un olor, un color, una palabra. Y otras, es un enorme baúl de cosas, que por mucho que queremos revivir, siempre nos queda algo... Algo que se escapa, entre nuestros dedos, y nos recuerda, tempus fugit, lo que ya nunca es.

La casa de mis padres empezó como un mapa del tesoro en 1993. Se erigió en una zona del levante que estaba empezando su expansión como área de urbanismo bajo el Plan General de Ordenamiento Urbano de 1987 bajo la denomincación"F-13, Avenida Deportista Miriam Blasco".  Y recuerdo las primeras veces que visitábamos los terrenos antes de ser una zona construida: había campo, matojos y ratones. 

Recuerdo el camino al colegio, con hojas de morera para los gusanos de seda, y los ladrillos de mi casa, color naranja, ocre, siempre bañados de rayos de sol. Recuerdo cómo fueron creciendo los cipreses, hasta convertirse en bosque, y el columpio que mi madre colgó, para mecerse en verano, y que en los últimos años eran el lugar favorito de mis hijas. 

Recuerdo los recorridos en bici por la Avenida Miriam Blasco, una y otra vez, una y otra vez. Arriba y abajo. Las heridas en las rodillas. Las tardes desde casa al club de tenis.

Recuerdo la cancela de entrada, blanca, metálica, y su sonido clinqueneante lento y su peso, 

Recuerdo cómo fue evolucionando mi habitación, desde niña a adulta, y cómo crecimos juntas dejando atrás Barbies, peluches, Cocolisos, talleres de costura, libros del Barco de Vapor dejando paso a revistas de moda, libros de idiomas, manuales de técnicas deportivas. 

Recuerdo mi cajón de pulseras de cuentas, de esos que hacían las amigas para siempre. Y los colores. Y crearlas con aquellos nudos en la goma, para verlas en las muñecas ajenas hasta que se hacían añicos y todas las cuentas saltaban por los suelos. 

Mi habitación favorita era, en origen, una terraza. Una terraza que mis padres convirtieron en despacho o estudio gracias a una cristalera infinita, un espacio de luz en el que pensar, estudiar, leer. El suelo era de tarima color pino, y colocamos una mesa de despacho del mismo color de frente, acompañada por una silla de despacho giratoria ligera, al principio de Aladdin en colores esmeralda, fue retapitazada para una chica más mayor. También tenía un sillón de piel naranja. Era tan juvenil y tan fresco, que era mi rincón favorito para leer en invierno y en verano. No faltaban dos cojines, uno amarillo y otro verde pistacho. No sé la de horas de mi vida que habré pasado allí. La de libros. La de amaneceres para estudiar en verano. La de cierres de cortinas y decir "qué bonito el cielo hoy también". 

Recuerdo las deportivas aireándose en el alfeizar de la ventana del baño en los últimos años que viví permanentemente allí. Todas las noches. Dejaba las deportivas y reflexionaba del día. Me duchaba. 

En algún momento, aquella casa dejó de ser... Dejó de ser mi hogar. 

Lo llaman evolucionar. No sucedió nada, pero hubieron otras. Otras casas que ninguna, hasta ahora, pude llamar mi hogar. Durante años viví nómada en Residencias Universitarias, en Madrid y en Londres. Viví en el bullicio de Madrid, frente al cine Doré, viví en el tranquilo pueblito de Kingston, al sur de Londres. Y siempre volvía. Volvía a Alicante, con maletas llenas de cosas, a mi hogar, a mi habitación, a mi cristalera al cielo. Hasta que un día, un día empecé a construir mi propio hogar, el de mi familia. 


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