Había anochecido, y apenas se intuía la danza de una brisa suave, acompasando el vaivén calmado, los movimientos sedosos de las olas del mar.
Acompañaban el movimiento el silencio y la oscuridad, la inmensidad del cielo en noche cerrada.
Su cuerpo había dejado de pesar. Flotaba mar adentro, perdiendo la noción de las estrellas que alumbraban al horizonte, balanceándose sobre el agua y fundiéndose,
perdiendo la noción misma de existir.
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